Oda a la naranja agria

Relaciones de intercambio y paz preventiva con el vecindario

Jhonny Brea
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La jornada Maya

Viernes 2 de noviembre, 2018

Me duele todo mi hermoso cuerpo. Son los efectos de cosechar la mata de naranja agria que tengo en el patio en un solo día. Eso de estar asoleándose mientras se mantiene el equilibrio sobre un peldaño de la escalera de tijera y sacando toda la destreza en el manejo del bajador tiene efectos graves en la redonda humanidad de uno.

Dirán que cómo me atreví, pero cuando la Estrategia Integral de Defensa de la Quincena indica que la gasolina es poca y que La Xtabay tiene ganas de salir a uno de esos lugares en los que se necesita gastar para divertirse, uno saca todo el aplomo de macho omega grasa en pecho, espalda peluda, nalga de tablilla, abdomen de lavadora y bebedor de cerveza light para inventarse una tarea e involucrar a todos; a fin de cuentas, alguien tiene que ayudarme a sacar los frutos del bajador y ponerlos en un huacal mientras continúo la recolección.

Lo que son las cosas: salieron cinco huacales y dos y media cubetas, y eso que dejé unas cuantas naranjas porque las ramas dan al patio de mi vecina. Una cortesía hacia ella, porque su mata de limón ya cruzó la barda hacia el mío, así que el intercambio no necesita mayor trámite.

En estos tiempos de minicasas, tener un patio en el que se puede sembrar un frutal es un privilegio, y la verdad es que pretendo aprovecharlo. Con la misma armé unas cuantas bolsas que repartí en el vecindario y un sabucán selecto para doña Ixchel, mi suegrita linda, especialmente cuando resguarda a los rapaces los días de consejo técnico escolar.

La segunda parte del día vino con el manejo del exprimidor. Al final metí al congelador 11 litros, que para algo tienen que servir los porquería envases de PET mientras llega el día en que la escuela de los chamacos organiza su campaña de reciclaje. No metí más porque me quedé sin botellas, así que hemos estado bebiendo refresco de naranja, y también uso el jugo cuando hay que marinar carnes y desleír el recado; ya saben, las labores propias de mi sexo.

Una buena parte de las cáscaras terminó en un bote. Ahí las estoy macerando para preparar un limpiador multiusos sin fosfatos. A fin de cuentas, terminará siendo un ahorro.

Ya con un vaso de refresco con suficiente hielo, salí de nuevo al patio para agradecerle a la mata. Vieran qué bonita se puso con sus ramas bien levantadas, porque ya no tienen el peso de los frutos. Por eso oigo que cuando no las cosechan les da tristeza y terminan por enfermarse. Y ahora que veo cuántas están cundidas de frutos por toda la ciudad, termino acongojado. Tan humilde que es la naranja agria, pero está siempre presente, ya sea para la cocina o para curar chuchulucos. Hasta estoy tentado a salir con mi bajador y mis huacales a ofrecer cosechar una que otra mata, a cambio del 20 por ciento, o una cubeta. Dirán que es locura, pero cuando llegue junio y cada naranja llegue a costar 10 pesos, yo tendré jugo congelado.

Tan noble la naranja agria, pero cuando no hay notamos de inmediato que la comida no sabe igual. Y ahora que Samin Nosrat ya puso a Oxkutzcab en el mapa de la gastronomía internacional, tendremos que prepararnos para que sea un cultivo de exportación. A ver qué sucede con las que están sembradas en las escarpas, y lo bendecidos que nos sentiremos los que tenemos una en el patio, cuando leamos que sale un cargamento con destino a China, Francia o Arabia Saudita.

Macho omega que se respeta

El chiste de tener mata de naranja en casa es establecer relaciones de intercambio y paz preventiva con el vecindario: el día de mañana le puedo pedir a mi vecina de enfrente unos gajos de apazote para mi frijol kabax; a la de junto, un poco de hoja de plátano porque voy a hacer pollo pibil, y unos cuantos limones indios a la de la esquina.

jornalerojhonnybrea@lajornadamaya.mx