El p'iib de La Xtabay

Ocupaciones impropias

Jhonny Brea
Foto: Archivo La Jornada Maya
La Jornada Maya

Viernes 9 de noviembre, 2018

Por más que he querido, no me dejan ir al Centro de Atención Natural y Terapia Integral de la Neurosis Ansiosa (Cantina), y claro que lo necesito, pero La Xtabay se rehúsa a darme permiso y me dice que no hay presupuesto para el medicamento que requiero. Según ella, la dosis que me manda el médico me produce efectos secundarios negativos, como adquirir cuerpo de p’íib.

Así es. En su opinión, por estas fechas ando desmejorado y “con tal de cuidarme”, en la casa no hubo más que rezos y ofrendas de comida a nuestros finados. Por supuesto, cuando doña Leydi entonó esa de “Salgan, salgan, salgan, ánimas de pena, que el rosario santo rompa sus cadenas”, me sentí aludido. Como bien comprenderán, no es lo mismo tener en el plato poc chuc de filete de pescado (ustedes díganle filete a la plancha; yo le digo poc chuc nada más por imaginarme que tiene sabor) que poder pronunciar:

Y entre un trago y otro trago,
Y entre un sorbo y otro sorbo,
Al compás del tin-talan,
Cantemos con gozo y garbo:
¡Que viva el sabroso bollo
Rubicundo Mucbi-pollo!

Pues como fueron los días de pixanes, la casa estaba limpia. Ya estaba todo barrido, trapeado, y me disponía a ponerme mis guantes para lavar los platos (ya saben, las labores propias de mi sexo), cuando sonó el teléfono de mi adorada, para hacerle la invitación al ochavario en el pueblo.

Como se podrán imaginar, a La Xtabay le dicen paseo y sólo pregunta a qué hora hay que salir. De mi parte, las ganas de romper en algo la rutina apoyaron la moción, además de que sacar a los niños del ambiente urbano siempre puede resultar en una experiencia benéfica para su desarrollo.

“¡Nada más que cuidadito y comes p’íib en el pueblo!”, me advirtió La Xtabay, apuntándome con el dedo flamígero. “En lugar de llenarte con un bollo de masa y manteca, yo te voy a preparar uno sano, para que mantengas la dieta”, remató mientras mi cara fue pareciéndose cada vez más a la de un perro regañado.

Acordamos que los niños no fueran a la escuela, pedir permiso para faltar al trabajo y adelantar preparativos, pero ayer me encontré a la domadora en una zona que no suele explorar –la cocina– con varios ingredientes que iba disponiendo sobre hoja de plátano. En efecto, parecía estar armando un p’íib, y me soltó que, para consentirme, me estaba preparando un mucbil pollo vegano.

“¿Por qué va a ser más sano?”, me atreví a preguntar, y ella me enumeró lo que le estaba poniendo: aceite de oliva en lugar de manteca, por aquello de las grasas buenas y bajar mis triglicéridos; k’óol a base de caldo sobrante de sopa de verduras, tofu.

“¿Y qué es esto como cartón que se está macerando?” –inquirí.

“¡Es soya que va a ir en pasta de achiote!”, me contestó violentamente.

Escogí mantener el prudente silencio e ir por los niños para que abordaran el auto. Llegamos a tiempo porque ya estaba encendida la leña y minutos después estarían listas las piedras. Yo nada más veía cómo desfilaban los p’íibes que preparó mi familia política, con destino al horno. La Xtabay entregó el suyo –destinado para mi mandíbula– y ya nada más quedaba esperar.

Mientras, vino el rezo, los cantos, y la plática con la familia. Yo nada más veía cómo La Xtabay me indicaba a puro gesto que no podía tomar nada de cerveza. Decliné varias invitaciones poniendo de pretexto que iba a manejar de vuelta, pero en su lugar llegó el tanchucuá y el atole nuevo.

Ya iba por la tercera jícara cuando llegó el momento de abrir el horno. El olor del jabín y el chichibé cubrió a todos los que nos encargamos de la tarea, y ahora sí, a sacar los mucbipollos en la carretilla.

No sé si pasó una prima embarazada por el horno o si mi cuñado el de los cinco remolinos fue el que recibió el p’íib de La Xtabay, lo cierto es que lo que salió fue un bloque macizo que no se pudo cortar con nada, ya no digamos morder.

“¡Deja eso y agarra el de pavo y gallina, yerno!”, escuché y obedecí.

El viaje de regreso fue en completo silencio. Ya ni ánimos de decirle a La Xtabay que pensara en las posibilidades de patentar un nuevo material de construcción.

Mérida, Yucatán
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