Detrás de una postura editorial

En una sociedad plural, los medios son también plurales

Felipe Escalante Tió
Foto: Notimex
La Jornada Maya

Lunes 15 de abril, 2019

Acerca del periodismo, como ocurre en cualquier profesión, existe una idea romántica: la pretendida objetividad de los medios y de los propios periodistas. El ideal pasa a imaginarse como exigencia e incluso como la supuesta base de una ética. Se demandan entonces que el medio, llámese canal de televisión, noticiario de radio, portal de Internet o periódico impreso, informe “la verdad”.

En La objetividad, ese noble sueño, Peter Novick repasa cómo los acontecimientos del presente afectaron la práctica de la academia estadunidense, particularmente de los historiadores. Al menos en esta disciplina, hoy en día, se reconoce que el investigador, desde la selección del tema, está condicionado por su formación familiar e intereses del tiempo en que vive. ¿Se pierde con ello la objetividad? Al contrario, se obliga a proceder con rigor y recurrir a más fuentes, incluso si no son de nuestro agrado. Y particularmente se debe analizar esas mismas, porque son las que cuestionan de vuelta al investigador. Estamos, pues, construyendo historias más plurales.

Históricamente, el periodismo jamás ha sido objetivo, neutral, o transmitido “la verdad de los hechos tal como ocurrieron”. Desde La Gazeta de México (1722), la decisión de cuáles eran los acontecimientos más importantes y de los cuáles debe darse cuenta recae en una persona concreta.

En una sociedad plural, los medios son también plurales. De existir la neutralidad y objetividad, no existiría diferencia entre los medios. Así es como también a lo largo de la historia los periódicos han expresado su filiación incluso desde su título. México ha tenido en El Gallo Pitagórico a un crítico de Antonio López de Santa Anna; en El Monitor Republicano, a un propagandista de las Leyes de Reforma y la Revolución de Ayutla; durante el porfiriato, El País fue un gran diario católico, mientras que El Imparcial, impulsor de “lo moderno”, fue el mayor ejemplo del periódico como empresa.

En Yucatán, el periodismo nació para el debate. Desde El Misceláneo (1813), es decir, desde la llegada de la imprenta a la península, se tuvo un periódico partidista, del grupo de los Sanjuanistas. A los pocos meses surgió El Sabatino, de sus adversarios los “rutineros”. Y el siglo XIX es rico en publicaciones voceras de algún partido; hasta las que incluían caricaturas como D. Bullebulle (1847) o La Burla (1860-1861) eran voceras de grupos políticos. En 1905, José María Pino Suárez se atrevió a romper el cierre de filas de los hacendados henequeneros para analizar, en las páginas de El Peninsular, las condiciones de los peones en las fincas donde se cultivaba ese agave, llegando a la conclusión de que se trataba de esclavitud. En ese mismo contexto, El Padre Clarencio se identificaba como un semanario “liberal, independiente, antiesclavista y antirreeleccionista”. Pasada la revolución maderista, en 1911, la prensa que impulsaba la candidatura de Pino Suárez al gobierno del estado, retaba a La Revista de Mérida a que se asumiese como diario católico, y simpatizante del candidato opositor, en lugar de pretender ocultarlo.

En La Jornada Maya hemos dado el paso para afirmarnos en pro de que se reconozca en Yucatán el matrimonio igualitario. Lo hacemos pensando en la historia del periodismo peninsular, en la cual se han dado enfrentamientos y debates por la recta aplicación de la justicia y convencidos de que la diversidad entre las personas, como entre las opiniones, nos enriquece mientras exista el respeto.

Así, nos afirmamos en pro de esta diversidad y el reconocimiento de derechos iguales para todos los habitantes del estado. Entendemos que lo que debió ser una discusión abierta el miércoles pasado terminó en un espectáculo que en el mediano plazo causará un daño mayor a la sociedad yucateca, por no haber constreñido el tema a la cuestión jurídica que sigue siendo pues, hasta donde entendemos, en toda escuela de derecho se enseña que una jurisprudencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación es superior en jerarquía a las leyes locales y esto incluye las constituciones estatales. Entonces, siendo Yucatán integrante de una federación, el Congreso solamente debía definir la manera de adoptar esa jurisprudencia en la legislación yucateca y así ratificar el pacto federal. A fin de cuentas, el hecho de que el contenido del artículo 94 de la Constitución del estado sea resultado de una iniciativa ciudadana no quiere decir que dicha iniciativa sea anticonstitucional.

Esperábamos que el reconocimiento del matrimonio igualitario tuviera como consecuencia la seguridad de los individuos, dando como resultado que las parejas pudiesen heredar en caso de intestado, por ejemplo. Tampoco veríamos correcto que la entidad se presente en el escenario internacional como nicho para el turismo “gay friendly” pero reprima a sus propios ciudadanos por pretender realizar su proyecto de vida.

Entendemos también que esta postura resultará desagradable a algunos de nuestros lectores y seguidores vía Internet. Para ustedes, todo nuestro respeto. Asumir una postura en temas que polarizan a la sociedad nos obliga también a llamar a la comprensión para que en todo momento la división sea conciliable a través de la sana argumentación. El periódico es para eso, para el ejercicio del debate. Nuestras páginas son también para ustedes.

Mérida, Yucatán
felipe@lajornadamaya.mx