Historias de fragilidad alimentaria (I)

El ser humano no puede seguir dejando al juego de las fuerzas del mercado sus capacidades para producir alimentos

José Crisanto Franco Moo*
Foto: Fernando Eloy
La Jornada Maya

Martes 25 de junio, 2019

La actual administración federal inicia su primer año de gobierno con políticas públicas que, condicionadas por el entorno de un nuevo orden tripolar en el mundo, buscan reorientar el modelo económico de las últimas cinco administraciones. Reorientar no significa sustituir en su totalidad. Nos queda claro que ninguna nación puede aislarse del mundo el cual desde el siglo XIX se volvió completamente global.

Dentro de un esquema de economía capitalista, condicionada quizá en un 90 por ciento del intercambio comercial con los Estados Unidos, el Estado mexicano apunta a disminuir la dependencia. La reorientación apunta al fortalecimiento del mercado interno como fórmula para reactivar el crecimiento. Hay una clara inclinación por privilegiar el rescate del Sector Energético en el marco de un proyecto político nacionalista; una apuesta que consumirá gran parte del presupuesto sexenal del gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador. Es una jugada arriesgada y es materia de otro análisis su viabilidad y redituabilidad en un mundo que se encuentra transitando hacia nuevas tecnologías y energías amigables con el medio ambiente.

Empero, lo que motiva el presente escrito –suscribiendo el discurso de las soberanías- es de igual o mayor importancia que el señalado rescate de la industria eléctrica y petrolera. Se trata ni más ni menos que de la soberanía alimentaria entendida como la capacidad de toda nación de definir sus propias políticas agroalimentarias. El ser humano puede desplazarse en medios de locomoción alternativos, de la misma manera puede sustituir la obtención convencional de energía eléctrica. Lo que no puede seguir dejando al juego de las fuerzas del mercado y, por lo tanto, a la dependencia total de la corporaciones transnacionales, son sus propias capacidades para producir alimentos. Las hay. Existen de manera latente y no son ni el reflejo de lo que alguna vez fueron, pero pueden y deben ser reimpulsadas si lo que se busca es alcanzar la soberanía alimentaria. De ahí la importancia de rescatar la memoria histórica sobre ciertos pasajes en los que se hubo de enfrentar de manera abrupta momentos de contingencia alimentaria.

Remontémonos al periodo de la primera guerra mundial cuando entre los años 1915-1917 el gobernador Salvador Alvarado había tomado algunas medidas para lidiar con la escasez de alimentos de consumo básico en el estado de Yucatán, decidió crear la Comisión Reguladora del Comercio; una identidad dependiente de la Compañía de Fomento del Sureste. La empresa pública adquiría en otros estados de la república, cereales como el arroz, cebada y avena; leguminosas como los garbanzos, lentejas y tres variedades de frijol; tubérculos y bulbos como las papas y las cebollas, así como de granos de cacao. Además se importaba de Estados Unidos harina de trigo y productos animales enlatados como manteca de cerdo, sardinas, carne de res enlatada y leche condensada.

Se distribuía esta canasta básica a bajo costo ¿a qué se debía esta circunstancia de depender de adquisiciones en otras entidades del país y aún del extranjero? No es un secreto que el estado de Yucatán a diferencia del vecino estado de Campeche y del sur de Quintana Roo, posee una geografía bastante agreste conformada en gran parte por roca calcárea. A esta condición de escasez de tierras se sumaba el hecho de la expansión del cultivo de henequén en todo espacio cultivable en aquel periodo en el cual la fibra era exportada a Estados Unidos y Europa.

El henequén mostraba los primeros efectos negativos de un monocultivo exclusivo para la exportación. Salvador Alvarado sin duda fue un gobernante progresista, las leyes y reglamentos legislados a favor de la clase trabajadora durante su administración así lo demuestran. No obstante lo anterior, en su ideario el sujeto social llamado a efectuar la transformación de la entidad lo fue el obrero más que el campesino.

Salvador Alvarado no dejó de depender de las importaciones de alimentos debido a que su prioridad –comprensible en aquellos momentos– fue atender la urgente legislación en materia laboral para sentar las bases del desarrollo de Yucatán. El comandante constitucionalista esbozó una serie de proyectos en una magna obra futurista a la que denominó Mi Sueño. La racionalidad de una sociedad planificada conforme a patrones científicos propios del socialismo utópico que profesaba Alvarado se pueden apreciar a lo largo y a lo ancho del escrito. Empero, su sueño quedaría truncado al negarse la posibilidad de postularse como candidato a gobernador constitucional en las elecciones de noviembre de 1917. Lo que seguiría en el horizonte yucateco sería un giro agrarista en la legislación local y los primeros atisbos de soluciones concretas a la dependencia alimentaria.

*Historiador
catdog68jc@yahoo.com