Manos oaxaqueñas preservan la tradición a través de artesanías

Alebrijes, barro negro y tapetes de lana iluminan mercados de Oaxaca

Lilia Balam, enviada
La Jornada Maya

Oaxaca, Oaxaca
Lunes 8 de julio, 2019

Hay algo que tienen en común las manos de los pobladores de San Bartolo Coyotepec, San Antonio Arrazola y Teotitlán del Valle: la suavidad dejó de estar presente en ellas desde hace varias generaciones. Las tres son icónicas tierras de artesanos, quienes se enorgullecen al saberse poseedores de técnicas ancestrales que han sido perfeccionadas a lo largo de varios años para trabajar distintos materiales.

Esas manos callosas, endurecidas por obtener fantásticas piezas del barro o de las maderas, se aferran a esculpir, moldear o tejer en un afán de preservar las tradiciones oaxaqueñas. Algunos, como Rocío Andrés Calderón, alfarera de 56 años oriunda de San Bartolo Coyotepec, saben que si ellos no las mantienen vivas, morirán.

“Aquí antes se hablaba el zapoteco. Pero mi papá me contó que los maestros les pegaban a los niños para que no hablaran su idioma. Ahorita lo están retomando los gobiernos, ya no quieren que se pierdan las lenguas, pero en este mundo globalizado es complicado”, apuntó en entrevista para La Jornada Maya.

Para la artesana es claro: los ciudadanos “deben estar muy arraigados a sus costumbres”, o de lo contrario “perderán todo un legado”. Aunque opina lo mismo, para Héctor Sánchez Santiago, quien realiza alebrijes de madera en San Antonio Arrazola, dedicarse al trabajo artesanal con técnicas tradicionales también implica una importante fuente de ingreso para Oaxaca.

El artesano señala que los trabajos manuales atraen al turismo tanto nacional como internacional, y eso beneficia a las comunidades en las que se encuentran los talleres, pero también a toda la entidad. “Las artesanías se deben valorar, son algo muy laborioso”, apuntó.

Recorrer Oaxaca implica admirar joyería elaborada con la técnica de la filigrana o enormes piezas repujadas y pintadas a mano; maravillarse en las fondas al advertir los jarros, cántaros, cazuelas, platos o tazas de barro rojo o verde; o bien, imaginar miles de historias protagonizadas por los espectros fantásticos de los alebrijes. A continuación, un breve recorrido por las artesanías oaxaqueñas más populares.

Fantasías en madera: los alebrijes

A menos de 30 minutos de la Ciudad de Oaxaca, se encuentra San Antonio Arrazola, la tierra donde los colores vibrantes predominan, se mezclan con la madera y juntos tejen historias que hacen olvidar al visitante que las fantásticas figuras que observa, que pudieran protagonizar sus sueños más extravagantes, no son originarias de esa entidad.

Los alebrijes fueron creados en la Ciudad de México, se estima que alrededor de la década de 1930. De acuerdo con los artesanos de Arrazola, las figurillas fueron “adoptadas” en Oaxaca, pero ya no con cartonería: ellos las tallan a mano en madera de copal.

En los talleres se busca aprovechar el 99 por ciento de la madera que emplean para hacer las esculturas, ya que el árbol tarda mucho en crecer. Para realizar los alebrijes, primero se delinea la figura con lápiz en el tronco. Después se hacen los cortes necesarios y se talla la porción de madera.

Una vez hecha la escultura, se le deja secar hasta que se le abran grietas: esto significa que la pieza ya perdió humedad. Entonces, los fragmentos de madera sobrantes de los primeros cortes, se pulverizan y se les añade maicena y pegamento para hacer una pasta, misma que se emplea para resanar las grietas. Después de este proceso se les remoja en una cubeta con gasolina para que los insectos no las dañen. Tras el secado, se les aplica un primer baño de color y posteriormente se les decora con pintura acrílica.

Por supuesto, cada taller en Arrazola posee sus propios secretos. Por ejemplo, en el caso del Taller Autóctono de Alebrijes Luci y Sergio Santiago, que tiene 80 años de antigüedad y donde actualmente laboran alrededor de 80 personas, llevan más de cuatro generaciones perfeccionando las técnicas de tallado y pintura.
Héctor Sánchez Santiago, artesano, pertenece a la cuarta generación que se dedica a realizar alebrijes. “Esta es nuestra fuente de trabajo, es algo que muchos no valoran pero debe ser tomado en cuenta, es un trabajo hecho a mano y no hay diseños iguales”, recalcó.

La tradición del barro negro

En los mercados oaxaqueños destacan piezas de barro negro de varios tamaños y con todas las formas imaginables. No requiere mucho tiempo acudir a la comunidad donde hombres y mujeres destinan su tiempo a crear figuras con ese material: San Bartolo Coyotepec.

El proceso para obtener una de las exquisitas figuras inicia con la recolección de la arcilla negra en una mina cercana a la que sólo tienen acceso los hombres de la comunidad. Por “usos y costumbres” las mujeres no pueden realizar esa tarea: ellas se encargan de moldear las piezas.

Para crear un jarrón, primero remojan el barro en piletas y después hacen rollos con ellos. Forman un cono sólido que luego convierten en una especie de huevo hueco, el cual fungirá como base. En el caso del taller de alfarería “Doña Rosa”, donde labora la artesana Rocío Andrés Calderón, colocan la pieza en un torno tradicional, el cual consiste en un plato boca abajo sobre el que se deposita otro plato.

“Se encontraron los platos invertidos en Monte Albán. Hay lugares donde emplean tornos más modernos, pero esta es una manera de preservar una costumbre, empleando el torno tradicional y rescatando la técnica ancestral”, explicó.

Con el torno se crea un cilindro y se deja secar. Al tercer día, se le puede crear la “boca” y al cuarto se le añade el asa. El quinto día se quita el exceso de barro, para alisar la figura y quitarle marcas de dedos. Hasta el séptimo día ya es posible decorarlo y darle un acabado. “Todo se hace a mano alzada, todo está en el disco duro”, detalló Andrés Calderón mientras señalaba su cabeza.

La artesana informó, orgullosa, que fue una de las trabajadoras de ese taller, doña Rosa Real Mateo de Nieto, quien hizo una de las aportaciones más importantes en el arte del barro negro: el bruñido. Con una pieza de cuarzo, se talla la figura para que brille y adquiera un tono más oscuro. “Ella fue una pionera. Esa técnica fue un parteaguas en 1950”, indicó.

En barro negro se encuentra de todo: desde cántaros hasta delicadas piezas de joyería. Por supuesto, los artesanos siempre advierten que los objetos son de ornato y no útiles para servir alimentos o bebidas.

“Las técnicas de la alfarería se transmiten de generación en generación. Aunque sabemos que todo tiende a perderse, esperamos que no lo hagan, es nuestro legado. Si lo seguimos inculcando a nuestros hijos no se va a perder”, sostuvo Andrés Calderón.

Rocío, quien desde su infancia ha “jugado” con arcilla, está haciendo lo propio: sus hijos también conocen los secretos del barro negro. Y mientras ella no se canse, seguirá dedicando su tiempo a lo que más le apasiona: moldear brillantes figuras.

Tejiendo raíces: tapetes de lana

Pareciera que el fresco aire que arrulla Teotitlán del Valle tiene el propósito de extender por todos los rincones el suave aroma de la lana, los hilos y las mezcolanzas que se tornarán en tintura. Partiendo desde la capital oaxaqueña, toma menos de media hora llegar a ese pueblo que destaca por sus artesanías textiles, en particular, los tapetes de lana.

Los artesanos de la cooperativa Casa Textil Arte Zapoteco, que tiene 12 años de trayectoria y en la que trabajan alrededor de 60 familias, buscan impregnar en las prendas que fabrican, el amor por sus raíces. Algunos de los integrantes, como Manuela Contreras Vicente, de 24 años, hablan zapoteco y se esmeran en realizar los tapetes minuciosamente.

En ese taller se emplea la lana de borregos merinos, mismos que son trasquilados dos veces al año. Una vez que se les extrae la fibra, se lava en los ríos en cercanos con unos canastos especiales de carrizo, que permiten colar las impurezas como espinas y demás, mientras se talla el material.

Para dejar suave y limpia la lana, se emplea la pulpa de una raíz conocida como “amole”. Este jabón natural retira el 90 por ciento de la suciedad de la lana y resta asperezas sin encoger el insumo. Una vez que esté limpia, se peina con cardadores: unas paletas de madera con dientes de alambre. Este proceso lleva al menos 10 minutos.

Una vez que se crea una especie de “cama” de lana, se retira del cardador y se parte a la mitad. Ya que esté más delgada esa capa, se toma una porción y con la yema de los dedos se va torciendo hasta obtener una hebra de hilo. De la cama de lana, se obtienen hasta seis metros de hilo.

Posteriormente se crea un molote con la rueca, mismo que después se transforma en madeja; entonces ya están listos los hilos para ser teñidos. En la cooperativa mencionada, los artesanos emplean tinturas vegetales para pintar las madejas: de la grana cochinilla, un parásito del nopal de Castilla, se obtienen hasta 60 tonalidades. También emplean muicle, cáscara de nuez, musgo y flores de cempasúchil.

Una vez que cuentan con los molotes en distintos colores, se teje en el telar de pedal un tapete o cualquier otra prenda. Esta fase puede llevar desde un mes hasta un año, dependiendo de la complejidad y tamaño del diseño. Según Contreras Vicente, solo una persona puede confeccionar un tapete en el telar, pues dos personas aplicarían diferente presión o llevarían diferente ritmo.

Algunos de los diseños que elaboran están relacionados con símbolos oaxaqueños: el árbol de la vida, las grecas, entre otros. Hay un sinfín de tamaños, colores y diseños que realizar, comentó la artesana.

De acuerdo con Contreras Vicente, la mayoría de los adultos inculcan en los menores esas técnicas tradicionales para tejer tapetes. De hecho, en el preescolar de la comunidad se solicita como proyecto final, elaborar un pequeño tapete, pero no con telar: con las patas de una silla y peines de madera.

“Esta es una de las comunidades que conserva la tradición, aunque actualmente se ha perdido mucho. El objetivo de esos proyectos escolares es que no se olvide”, reconoció la artesana.