'The Great Hack', o porqué desaparecer de las redes sociales

De principio a film

Rodrigo González
Foto: Netflix
La Jornada Maya

Mérida, Yucatán
Viernes 2 de agosto, 2019

En el verano de 1992 un libro titulado El Shock del Futuro se cruzó en mi camino y fue devorado en apenas una semana. Después del impacto inicial provocado por el texto de Alvin Toffler, tuve que leerlo varias veces más para digerirlo. No miento, el libro me provocó resaca, emoción, náusea, miedo, y quizá también un poco de esperanza. En él se auguraban con una exactitud sorprendente, procesos que se estaban viviendo en esos momentos dentro de lo que míster Toffler llamaba la era post industrial. Fenómenos tecnológicos como el uso de la internet para establecer comunicaciones globales, para realizar transacciones financieras o como forma generalizada de entretenimiento empezaban a ser una realidad y, aunque algunas predicciones aún se veían lejanas, había la certeza de que eran inevitables.

Una de las cosas que llamaron mi atención es como el libro hacía cuenta del poder de la información. Afirmaba que, quien tuviera acceso a la mayor cantidad de información en el futuro sería quien detentaría el poder más grande en la sociedad de la era post industrial, y ponía un ejemplo: los códigos de barras. A través de los códigos de barras y el uso de tarjetas de crédito o dinero electrónico para realizar compras y un simple cruce de información, las tiendas (o cualquiera que pagara por esos datos) podían saber qué y cuándo compraba cada persona. Las tiendas tenían acceso de forma inmediata, por ejemplo, a conocer con que frecuencia una persona compraba cervezas, carne roja, pan, ropa, shampoo, focos, cigarros, cualquier cosa. Información aparentemente inofensiva. Sin embargo, de esa manera, una tienda por ejemplo, podría predecir la frecuencia de la alta en la venta de shampoo (o de cualquier otro producto) y realizar una oferta o promoción específica al respecto.

Diez años después nacieron las redes sociales: Fotolog, Myspace, Hi5, Tumblr, Twitter Instragram, Flicker, entre muchísimas otras y, sobre todas ellas, la bestia de las mil cabezas Facebook. Con las redes sociales como el nuevo terreno de interacción entre personas, a cambio de la promesa de estar conectados global y permanentemente, hemos estado durante casi dos décadas, diciéndole a estas grandes corporaciones santo y seña de los que somos, lo que nos gusta, lo que no nos gusta, lo que estudiamos, lo que nos interesa, con quién nos relacionamos, qué compramos, a qué le tenemos miedo. Y toda esa información es utilizada por estas grandes corporaciones para dirigir anuncios específicos en nuestro entorno, modificar nuestros hábitos de compra, de comportamiento y de interacción.

Y todo esto no es una suposición. El documental The Great Hack, dirigido por Karim Amer y Jehane Noujaim y disponible en NETFLIX, hace un recuento de uno de los casos más escandalosos de utilización de datos generados en Facebook. La ahora inexistente compañía Cambridge Analytica fue responsable en 2016 de extraer y proporcionar los datos personales de millones de usuarios de Facebook para influir en la elección de Donal Trump como presidente de Estados Unidos.

Algunos años antes de que esto sucediera, Shoshana Zuboff (shoshanazuboff.com) ya había abordado el tema describiendo el fenómeno como survillance capitalism, término que ella define como “la lógica económica que involucra la extracción de datos personales, a veces de maneras irreconocibles, para crear nuevos mercados destinados la predicción, modificación y control del comportamiento, explotando y utilizando estos datos como su principal recurso”.

Aterrador como suena, The Great Hack logra a través de los casos del profesor David Carrol y de Britany Kaiser (ex empleada de CA) mostrar un panorama más allá del mero caso de Cambrige Analytica y la elección presidencial de Donald Trump, pues hace una crítica profunda al modelo de negocio de todas estas compañías.

Corporaciones como Google, Facebook, Instagram o Twitter dependen de la interacción de los usuarios y de que constantemente estemos alimentado nuestras páginas con nuevos posts, likes, contestando encuestas aparentemente inofensivas, diciéndoles qué nueva película vimos, qué queremos comprar, qué necesitamos en nuestra vida diaria. Compiten ferozmente por nuestra atención y cuando la obtienen, generan datos que eventualmente son utilizados (con nuestro consentimiento, irónicamente) para venderlos a otras compañías que no solo nos bombardean con publicidad, si no también con noticias falsas, reportajes imposibles de comprobar donde apelan a nuestros miedos, a nuestra ideología, a nuestro origen, a nuestras creencias, a todo aquello con lo que eventualmente pueden influir en nuestra toma de decisiones y cambiar el resultado de algo tan importante como una elección. Sin una regulación gubernamental, esas otras compañías son los consumidores-clientes de Google y Facebook y nosotros solo somos el producto.

Hace un par de semanas, antes de ver el documental, quizá por hartazgo y quizá un poco por instinto, decidí borrar mis cuentas de Facebook y Twitter definitivamente. Me parece importante entender esta acción desde el punto de vista que no es el hecho de qué tanto sepan o no sepan de mí estas grandes corporaciones, ni tampoco soy ajeno al argumento sobre lo increíblemente complejo que es no dar ningún tipo de información personal en cualquier momento en esta sociedad hiperconectada. Se trata de lo que saben de nosotros a nivel colectivo y como a nivel colectivo es posible para estas corporaciones controlar aspectos trascendentales de nuestra vida.

De la postura que tengamos hoy respecto a la privacidad de nuestros datos y como se utilizan, dependerá el tipo de relación que establezcamos con estos nuevos agentes de poder y de esa relación dependerá en gran medida, el futuro de la democracia.

cinevolante@gmail.com