Desencuentro en las izquierdas

Leer los tiempos

José Ramón Enríquez
Foto: Museo de Historia de Madrid
La Jornada Maya

Miércoles 14 de agosto, 2019

En Hotel Florida (Turner, 2014) la escritora norteamericana Amanda Vaill no sólo ofrece el relato de algunos entrañables encuentros y otros ácidos desencuentros de figuras internacionales en la Guerra Civil española sino un doloroso ejemplo del cainismo en las izquierdas que, aun desde antes de la Comuna de París, pasa por esas fechas y llega rejuvenecido hasta nuestros días.

Es un fenómeno que se ha presentado y continúa presentándose en todo el mundo, lo mismo en Oriente como en Occidente, lo mismo en el norte desarrollado como en el sur cada día más empobrecido. En México, a pesar de una retórica que quisiera trasladarnos a categorías del Siglo XIX, también sigue vivo el debate de las izquierdas y, lo que es peor, también siguen vivos y son candentes los desencuentros.

Pero es en Europa donde hoy se distinguen con mayor claridad. De modo especial en las dificultades para formar gobierno en España. En otras circunstancias, con otra intensidad pero parecería que retornarán los espíritus malignos que asolaron España hace ochenta años. Por eso me ha parecido interesante recordar el libro de Amanda Vaill.

El Hotel Florida era vecino del edificio de La Telefónica, en la Gran Vía madrileña, objetivo constante de la artillería fascista, y en donde trabajaba una pareja que constituye en sí misma un ejemplo de amor, valentía y congruencia con sus ideas, la formada por Ilse Kulcsar y por Arturo Barea. Refugiados posteriormente en Inglaterra, él es autor de una magna obra que forma parte de la bibliografía canónica de la Guerra Civil: La forja de un rebelde. Ella, comunista, periodista y escritora austriaca que lo sobrevivió, entró a España con las Brigadas Internacionales. Sin embargo, el zarpazo de las purgas estalinistas puso a ambos en la mira y los obligó a perder su guerra personal antes de tiempo. Uno de tantos lamentables desencuentros en las izquierdas que lastimó cruelmente historias individuales.

En el Hotel Florida se alojaba una pareja que también conforma por derecho propio su leyenda, la formada por Gerda Taro y por Robert Capa. Dos grandes artistas de la cámara, dos fuerzas de la naturaleza entregados como corresponsales de guerra y así comprometidos con las luchas contra el fascismo en España en la cual ella perdería su vida. Dos espíritus generosos, capaces no sólo de comprenderse y de apoyarse sino de amarse y escribir una historia de amor estimulante.

En cambio hay una historia de ego y machismo en Hemingway que ensombreció su relación amorosa con Martha Gellhorn y lo llevó a romper con sus buenos amigos Katherine Smith y John Dos Passos. Los cuatro se alojaron en el Hotel Florida para cubrir, como corresponsales, la tragedia.

Anarquistas, socialistas más o menos radicales, comunistas del POUM, comunistas de la Komintern, Izquierda Republicana de Manuel Azaña y otras formaciones de izquierdas regionales habían logrado ponerse de acuerdo para formar el Frente Popular que ganaría las elecciones. Ya en la Guerra Civil continuaron unidos pero, comenzados los Procesos de Moscú, la garra del estalinismo había hecho su presa al traductor de Manhattan Transfer y entrañable amigo de Dos Passos, José Robles Pazos. Su desaparición y probable asesinato acabó con la amistad de Dos Passos y Hemingway, por cuanto este último justificó la muerte de Robles Pazos. Ruptura personal que simboliza también el desencuentro entre las izquierdas.

No quedó bien parado Hemingway como no quedan bien paradas las izquierdas de hoy por su incapacidad para agruparse y enfrentar la nueva embestida global de unas derechas que siempre han sabido atacar en racimo.


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