'Chicuarotes', brujas y platillos voladores

De principio a film

Rodrigo González
Foto: Captura de Video
La Jornada Maya

Viernes 6 de septiembre, 2019

Con el paso de los días se acumulan los meses que se forman en años y esos años van tejiendo los nudos con los que nos quedamos cerca de las cosas y las personas queridas. A veces esas personas, sin desearlo y porque el curso natural de la vida va en en ese sentido, deshacen ese nudo que los mantiene cerca de nosotros y emprenden por su cuenta la aventura de ir creando su propia colección de días, de meses, de años y de nudos.

Ahora le ha tocado al hijo comenzar a deshacer ese nudo y empezar a forjar sus propias relaciones, conmigo y con otros, crear sus propios momentos y gozar propias aventuras. Afortunadamente, ese inicio lo pudimos vivir juntos y durante la semana pasada compartimos vagón del metro, tacos de carnitas, papas fritas y hamburguesas y por supuesto, butacas en el cine.

Chicuarotes, de Gael García Bernal (en su segunda intentona como director), fue motivo para visitar la Cineteca Nacional. Entre el aire acondicionado que nos hizo sentir adentro de la cámara fría del supermercado, el almuerzo tempranero y la discusión sobre cuáles son las mejores escuelas de cine, concluimos que la película está bien hecha pero no convence. Es decir, la historia de la marginalidad en un pueblo devorado por la ciudad de México no es extraña ni tampoco nueva. Conocemos por otras películas del género (podría haber un género llamado marginal mexicano, idea del hijo) la realidad de las clases más desfavorecidas, la impotencia y rabia que se acumula en su cotidianidad, la desesperación y la violencia que viven en cada esquina de cada calle de tierra y como todo este caldo aviva la impaciencia y el rechazo justificado al horror diario y orilla a los personajes a tomar decisiones estúpidas. Un cliché muy bien fotografiado por Juan Pablo Ramírez que, si bien representa gran parte de una realidad hostil que no se va gobierne quien gobierne, omite (no sabemos si intencionalmente) la parte que no es artística, que no gana festivales de cine y que sigue un camino menos glamoroso para romper su propio esquema. El acierto mayor en toda la narrativa Gaeliana viene del personaje de Sughelli (¿Zugely?) interpretada por Leidi Gutiérrez, quien dotada de un instinto bellísimo frente a la cámara, pone la certidumbre y la inteligencia a una historia que de no ser por ella, se hubiera ahogado en alguno de los canales de Xochimilco.

Siguiendo nuestro periplo desatador de nudos, vino el turno del MUAC y el espacio cultural en la UNAM. El hijo que tiene hambre de películas escogió Suspiria, remake dirigido por Luca Gudagnino de la obra de Darío Argento. Reparto brutal encabezado por Tilda Swinton para contarnos la historia de la chica recién llegada a Berlín para formar parte de una compañía de baile que en realidad es la fachada de algo mucho mas siniestro.

Acá, a diferencia de la cinta de Argento, el discurso toma un matiz profundamente feminista y no solo por la brujería, los hechizos, los bailes, los rituales, la organización dentro de la academia con un poderosísimo matriarcado o la ausencia de figuras masculinas protagónicas (aunque la androginia presente en las bailarinas y algunas de las profesoras esté ahí para recordarnos que no se necesitan), si no porque detrás de esta historia de terror está plasmado en una maravillosa coreografía, un grito de apropiación generacional, un canto político que toma como pretexto los años posteriores a la segunda guerra mundial y que nos vuelve evidente la urgente necesidad de revalorizar el reclamo feminista en nuestra propia época. Inteligente, visualmente impactante, la cinta logra ambas cosas y se coloca por encima de su propio alegato para ir mas allá y provocar una discusión maravillosa: la siguiente revolución será feminista, o no será.

Así las cosas. El hijo ya vive en la ce de eme equis, tiene su propio trabajo, gana su propio dinero, pronto tomará sus propias buenas y malas decisiones y entrará al cine a ver buenas y malas películas.

A mi regreso, Netflix me atrapa con un documental llamado Bob Lazar: Area 51 and Flying Saucers. Narrado por Mickey Rourke (lo mejor de todo el documental, definitivamente) esta película escapa de toda crítica. Entretenida si todo el falso, francamente aterradora si todo es cierto. No hay mucho más que decir.

Así que mientras pasen los días y se acumulen nuevos meses que formen nuevos años que nos regalen nuevos nudos, yo espero que sigan llegando más películas. Un día de estos les cuento de la primera que haga el hijo.

cinevolante@gmail.com