La culpa fue del calor

Estatuas de la Villa Blanca

Antonio Martínez
La Jornada Maya

Viernes 27 de septiembre, 2019

Las cosas fueron más o menos así (si no, no me lo explico):

- Hay que embellecer la Avenida Jacinto Canek, Ulises. Está hecha un asco, dijo el Alcalde, que la noche anterior había visitado allí un congal hasta las altas horas, mientras el Secretario le servía el primer tequila de la mañana. Se lo bebió de un trago, parpadeando deprisa.

- A sus órdenes. Un Canek ¿Busto o figura completa?

- Completa, completa, dijo el Alcalde extendiendo su vaso para que el secretario le completara otro trago.

- Será difícil, su Excelencia. Encontrar un buen escultor en la Villa en estos tiempos…

- Ve que haces. Cuanto más grande mejor, como para que tape la planta de la CFE completa, repitió el Alcalde extendiendo nuevamente su vaso.

- A sus órdenes.

Y esa era la razón que tenía al Secretario realizando una visita al Hospital Psiquiátrico una calurosa mañana de Mayo en la Alba Villa hace bastantes lustros. El Director D. Atilano Huno y un guardia de feroz aspecto le acompañaron personalmente a la celda.

- ¿Lleva aquí mucho tiempo?

- Unos diez años…

- ¿Es peligroso?

- Muerde. No se acerque demasiado.

Tampoco parecía tan temible, pensó el Secretario al ver dentro de la celda un viejito de edad incalculable envuelto en un uniforme de rayas harapiento, que se entretenía sentado en un catre infame modelando plastilina. Sobre una pequeña mesilla y en la ventana había otros modelos ya terminados. El gran escultor Epifanio Torrenti reducido a una piltrafa en una institución abyecta, pensó apesadumbrado.

- Con su permiso, dijo don Ulises, acercándose a la ventana. Las pequeñas esculturas eran bellísimas. El viejito podía estar loco, pero conservaba su arte intacto. - Son hermosas, le dijo al escultor, quien le miró inexpresivamente.

- ¿Habla? Le preguntó el Secretario a don Atilano.

- No. Le cortamos la lengua para que no gritara tanto.

- Maestro Torrenti, dijo el Secretario acercándose, el Alcalde quiere comisionarle una obra.

- O, dijo el viejillo negando con la cabeza.

- No, tradujo el Dr. Atiliano sabiamente.

- Es una obra muy importante Maestro, le suplico que lo considere.

- Aaeaaiea

- Váyanse a la mierda, con perdón de sus mercedes, tradujo el guardia, para acto seguido descargar su cachiporra sobre el cráneo del escultor, quien quedó tendido inconsciente en el suelo.

- Dios mío, exclamó el Secretario al ver la escena. Sería inútil emplear a Torrenti para el monumento. Aunque quizás pudiera hacerse algo, pensó al apreciar sobre la mesilla una excelente escultura de un indio arrodillado elevando con su mano una antorcha.

- Me llevo esta. Tenga, traten de mejorarle las condiciones a este pobre diablo dijo el funcionario dándole un peso a Don Atiliano.

De regreso en el Mercedes le dio la escultura a su chofer. - Toma, ponla en una caja y la llevas a Obras Públicas. Que hagan una igual, supergrande. Como puedan. Es urgente. Será una sorpresa para el Alcalde. Estaba muy contento consigo mismo. Sin embargo, esa misma noche el Secretario recibió una extraña llamada de D. Hernán Tajadas, el director de Obras Publicas del Cabildo.

- ¿Qué horas son estas, Tajadas? Estoy cenando con mi familia.

- Si Señoría, disculpe su Señoría y la ilustrísima Señora de su Señoría, y sus pequeñas Señorías…

-Abrevie, Tajadas.

- Verá, resulta que nos llegó un encargo… no sé cómo decirlo, … está horrible su Señoría, disculpe…es indescriptible, y nos lo pidieron grande… será un desastre, con todo respeto, su Señoría… acertó a balbucear Tajadas, mientras miraba el monstruo de plastilina derretida en que se había convertido la escultura de Torrenti con el calor del coche al mediodía.

- ¿Desde cuándo es usted crítico de arte, Tajadas? ¿No reconoce usted una obra del gran Epifanio Torrenti?

- No…, sí…, no, su Señoría, pero es que esto parece que lo hizo un loco…

- Por supuesto que lo hizo un loco… Mire Tajadas, sus instrucciones son claras. Igualita, pero en tamaño monumental. ¿Me entiende? Y la quiero ipso facto, resopló el Secretario colgando el teléfono sin dar tiempo a más excusas.

- Habrase visto el atrevimiento!

- ¿Quién era cariño?

- Nada mi amor, una escultura de un indígena que me encargó su Excelencia… ignorantes…

- ¿Dios mío, un indígena aquí en la Villa Blanca?

- No mi amor, en Mayalandia. Y del mismísimo Torrenti, nada menos…

-Ay, que bueno, allí está bien, para que se acuerden de sus raíces. Muy bien, no hay que olvidarnos de quienes nos sirven… sentenció Doña Penélope.

A la mañana siguiente, Don Hernán Tajadas llamó al maestro de obra D. Severiano Dzib a su despacho y le mostró el proyecto.

- ¿Es un gorila?

- No, dicen que es Jacinto Canek.

- Ma, imposible, Canek no era así ¿quién podría crear algo tan espantoso? dijo don Severiano santiguándose varias veces.

- Entre Hulk y la Cosa del Pantano, reconoció don Hernán, quien había llevado a su hija el domingo a la matinee del Fantasio.

- ¿Qué estruja en la mano, un hotdog?

- No, creo que es una antorcha… No me diga que no puede, don Severiano, Usted es de Oxkutzcab…

- Está k’askep. Es imposible que un maya haga algo tan feo, don Hernam. Disculpe. deberá Usted contratar a un fuereño.

El resto es historia conocida ya que fue publicada en varios periódicos y gacetas de la época. La obra física, finalmente encomendada al maestro Don Pancho Tuercas, natural de Villa Olmeca, de concreto reforzado con acero, fue construida in situ debido a su extraordinario peso, e inaugurada como una sorpresa para el Alcalde en el Día de los Pueblos Indígenas. En el palco de honor se encontraban el Alcalde de Villa Blanca y el Gobernador de Lajatlán, así como el Embajador del Imperio del Norte, el Archiavispo Primado don Diego de Landa y el propio escultor Torrenti, con la cabeza vendada y envuelto en una guayabera de fuerza.

Al retirar la lona que cubría el esperpento, los primeros en huir fueron los niños de la Banda de Guerra, aterrados ante el descomunal Gargantúa, seguidos de las doncellas en edad de merecer y del desmayo de las damas de sociedad. Inmediatamente comenzó una estampida popular, que produjo numerosos heridos y un perro aplastado; confusión que aprovechó Torrenti para liberarse de la guayabera a mordiscos y desaparecer entre el gentío. La prensa amarillista cubrió también la posterior huida del Secretario y su familia a las Islas del Egeo, así como el encarcelamiento de Don Hernán Tajadas y el destierro a perpetuidad de don Pancho Tuercas, quien en el juicio defendió su inocencia, declarando que le había quedado igualita.

Diversos intentos se realizaron posteriormente para desaparecer la abominable obra, aunque la opción más sencilla, dinamitarla, quedó rechazada por la proximidad de la planta de la CFE. Finalmente, el Archiavispo propuso exorcizar al súcubo con agua bendita, lo cual se llevó a cabo en solemne Auto de Fe con rezadoras cristeras. También mandó ponerle un taparrabos. Y allí sigue.

Mérida, Yuctaán
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