Relatos sobre el caballo de fuego

Una cosa que no he visto, algo que no sé cuándo habrá de suceder

Fidencio Briceño Chel
La Jornada Maya

Mérida, Yucatán
Jueves 7 de noviembre, 2019

Cuando escuché por primera vez el uso de bíin para hacer referencia a lo que habría de suceder algún día, pensé que eran sólo historias, pensé que únicamente era para recordar lo ocurrido con el fin de que no volviera a suceder o que no fuera olvidado, pero cuando empecé a cavilar bien para encontrar su sentido tuve que poner hasta lo interno de mi ser para entenderlo poco a poco.

Porque, ¿qué quiere decir bíin? Una cosa que no he visto, algo que no sé cuándo habrá de suceder, pero que se sabe que algún día ocurrirá, aunque no será hoy ni mañana, una cosa que viene a la mente, el entendimiento, las entrañas de la persona al unir cada pedazo de su vida, cada trozo de su andar, las huellas de su pisada.



Así entonces, un día de 1988 llegué por vez primera al pueblo de Laguna Kaná, en el municipio de Felipe Carrillo Puerto, estado de Quintana Roo. Ahí fue donde escuché por primera vez pequeñas narraciones que hablaban sobre cosas ocurridas, así como sobre acontecimientos que se creía habrían de suceder o que llegarían a la vida de los mayas.

Una de las narraciones que movió mi ser fue aquella que decía que “algún día llegará un gran caballo de fuego arrastrándose sobre la tierra”; lo primero que pasó por mi mente fue preguntarle al anciano: “¿qué es exactamente el caballo de fuego?” Al final del cuento entendí entonces que era aquella cosa enorme que conocía como “ciempiés de fuego”.



Lo complicado y lo bonito de esta historia fue saber que este anciano jamás había visto este enorme aparato, se decía que sólo a través de su entendimiento era que vislumbraba la llegada del día en que lo verían aquí en estos lares.

Otra de las dificultades para mí fue que hubiera dicho: “este enorme caballo de fuego vendrá atropellando todo cuanto esté en su camino, dicen que así tumbará monte alto, así irá revolcando pequeños y grandes animales, así como irá acabando con los implementos de vida de los mayas”.



¿Qué quiere decir eso, anciano? Le pregunté, y respondió: quiere decir “que esta cosa nueva traerá dolor en la vida de los pueblos mayas porque acabará con el monte, acabará con los animales, así como cambiará la vida de las personas. No sólo eso sucederá, pues tal como un animal hambriento, se tragará a los jóvenes de nuestros pueblos mayas, pero no sabemos dónde los irá a tirar, además de que traerá a tirarnos cosas malas que no conocemos y que trastornará nuestra estirpe”.

Tras escuchar aquello, el relato quedó grabado en mi cabeza y en mi corazón porque, ¿cómo fue que este anciano supo estas cosas? Porque no había visto al “caballo de fuego”, ni lo conocía y tampoco tenía televisor para verlo, pero sabemos también que los cuentos mayas no son sólo historias, porque detrás tienen enseñanza, sabiduría, juego y regaño.



Hoy que estoy moviendo el asiento de mi atole pasó por mi mente el recuerdo de esta narración de don Ro’. Entiendo, entonces, que las antiguas historias son evidencia de cosas que habrán de suceder, por eso su temporalidad une la inteligencia de quienes lo cuentan, al mismo tiempo que se muestra cómo pasan de lo ocurrido (pasado) y lo que habrá de suceder (futuro) como un tiempo circular. Me pongo a pensar que es necesario que unamos los relatos de nuestros abuelos con lo que quieren decir para poder saber qué futuro nos depara. Hoy la historia del caballo de fuego es una señal de hasta dónde llega la sabiduría del pueblo maya; será necesario, por tanto, poner nuestro conocimiento para que no nos trague ni nos aviente fuera de nuestro territorio.