El gasto inevitable

Ocupaciones impropias

Jhonny Brea
La Jornada Maya

Viernes 8 de noviembre, 2019

Les juro que fue horrible: Desperté bañado en sudor, con el corazón a punto de salirse de mi pecho, como pude salté de la hamaca y me dirigí a la cocina para verificar que todo estuviera bien, y respiré profundamente al ver que sólo había sido un sueño en el cual El Kizín se había ofrecido a lavar la única sartén de teflón que me sobrevive y la había rayado con la fibra metálica.

Mientras ya había pasado por mi mente la idea de aplicarle un castigo severo, aunque fuera como medida preventiva, pero decidí que era mejor aplicar la estrategia de abrazos, no chanclazos. A fin de cuentas, mi vástago será todo lo destructor que se quiera, pero hasta en mi sueño había obrado con buena intención; además, iba a parecer como esas mujeres que le aplican la ley del hielo a sus parejas porque les soñaron hablando con otra.

Eso sí, como medida precautoria, este fin de semana voy a enseñarle al Kizín la teoría y práctica del correcto lavado de copas, platos, sartenes y ollas; para tal efecto ya preparé los módulos de tipos de detergente, apropiada colocación y ajuste de los guantes, temperatura del agua y tipos de fibra a utilizar de acuerdo con lo que se vaya a lavar. Ustedes saben, las labores propias de mi sexo, y nada como una sesión de lo que los gringos llaman male-bonding entre padre e hijo.

Ya con la cabeza más fría, creo que se trató de un sueño premonitorio. No creo que El Kizín esté por estropear mi sartén de uso diario, pero sí que ya es necesario meter equipo nuevo a mi cocina, sobre todo para prevenir desastres mayores o, por ejemplo, que La Xtabay me cause un daño grave, porque con eso de que está yendo al gimnasio, ya levanta mis cacerolas de peso completo con facilidad, y en una de esas afina la puntería en mi humanidad.

Pues así como ven, haciendo acopio del aplomo de macho omega grasa en pecho, espalda peluda, nalga de pescado, abdomen de lavadora y bebedor de cerveza light, tendré que resignarme y hacer una concesión en la Estrategia Integral de Defensa de la Quincena y autoinmolarme en El Buen Fin. Créanme, no me agrada la perspectiva, sobre todo porque implica salir con la tribu, y eso, como bien saben, es mucho más peligroso para las finanzas.

En parte les concedo la razón en cuanto a querer salir y cambiar un poco de aires, sobre todo porque el de la casa todavía tiene olor de p’íib, comenzando por el hecho de que hay dos buenos tópers llenos de este sabroso bollo en el refrigerador, aunque uno ya está congelado y seguramente saldrá hasta el próximo año. Los entiendo, ya es necesario cambiar la dieta, pero va a doler en la cartera. Y aunque sea consuelo de tontos, en estos días compadezco a los nutriólogos porque ya empezó su temporada baja, pero en el caso de ellos el desplome de clientela es brutal.

Vamos a ver mientras si consigo que La Cutusa levante el inventario de lo que ya se ha ido gastando y rompiendo, comenzando por los refractarios, un juego de vasos para whisky (ya saben, la medicina de La Xtabay para su presión), sartenes que duelan como golpes de rivales del Canelo Álvarez.

Macho omega que se respeta

Si hay que ceder en la salida, es necesario tener la capacidad de crear opciones. La tribu elige: o salir al centro en busca de instrumental culinario, o una visita a los chachareros en la feria Xmatkuil-Modelo. Si es la segunda, La Xtabay paga la cena porque ya habré dado gasolina, estacionamiento y boletos de entrada.

Mérida, Yucatán
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