Remigio Aguilar Sosa, gran historiador y maestro

ADN Yucatán

Betina González Toraya
La Jornada Maya

Viernes 15 de noviembre, 2019

En cuestiones de cultura y saber, sólo se pierde lo que se guarda y sólo se gana lo que se da.
Antonio Machado


La educación es el alimento de una nación, sin ella no hay crecimiento ni desarrollo. Cuando volteamos hacia a los países nórdicos, nos damos cuenta de esta innegable verdad. En ellos la vida transcurre tranquilamente — muestra de ello, su neutralidad en las dos guerras mundiales del pasado siglo— y aún contando con escasos recursos naturales, exceptuando a Noruega por su petróleo, sus economías se encuentran entre las primeras del mundo.

En los países nórdicos es más fácil ingresar a la facultad de medicina o derecho que de pedagogía; es requisito indispensable para los maestros tener licenciatura, al igual que una maestría, misma que es subvencionada por el gobierno. Los maestros son gente culta, estudiada y, lo más importante, respetada.
Remigio Aguilar Sosa nació en Tixkokob, Yucatán, el 1 de octubre de 1894, fue el mayor de los ocho hijos de don Concepción Aguilar Ancona. Su madre falleció cuando él y sus hermanos, Alba, Justina y Cirilo, eran aún pequeños; tiempo después don Concepción y su familia se trasladaron a Mérida, donde contrajo matrimonio con Damiana, una muchacha 25 años más joven que él y con quien tuvo también cuatro hijos.

La familia Aguilar vivía en la calle 65 del Centro de la ciudad, en la esquina del Monifato, cerca de la Casa del Pueblo (que el INAH actualmente mantiene como edificio histórico). Don Concepción tenía una flotilla de coches de calesa que daba en renta, negocio que le redituaba buenas ganancias.

Remigio estudió en el Instituto Literario de Yucatán, siempre con el deseo de que sus tres hermanos menores tuvieran una buena formación, lo que vio realizado únicamente con Justina, que acudía a la escuela a punta de coscorrones. Justina terminó sus estudios y se graduó como maestra para orgullo de su hermano. Alba y Cirilo no lograron ser profesionistas, sin embargo, Remigio siempre los apoyó económicamente.

El joven Remigio terminó sus estudios en el Instituto e ingresó a la Escuela Normal Superior del Estado, de la que se graduó como maestro en 1915, a la edad de 19 años. Al año siguiente se separó por primera vez del domicilio familiar, al ser nombrado inspector escolar de la región de Valladolid, Tizimín y Calotmul, en tiempos de Salvador Alvarado. Al llegar a Valladolid fue recibido con vítores y mantas, dirigió unas palabras a la gente, que estaba encantada de escucharlo, pues era un excelente orador. Al terminar, pidió que le indicaran la ubicación de alguna oficina de telégrafos para enviar un cable a su padre y comunicarle que estaba bien; esto dejó una buena impresión en la gente del pueblo.

Don Alfredo Aguilar Rejón, quien más adelante se convertiría en suegro de Remigio, le dijo a su hija al llegar a casa: “María, qué gran hombre es el inspector, ojalá y algún día lo conozcas”. Ella trabajaba como maestra en la escuela de Calotmul y comenzó a recibir las visitas de Remigio, quien cumplía de manera puntual sus labores.

Los jóvenes maestros se casaron el 2 de febrero de 1924 en la iglesia de La Mejorada, un mes después del fusilamiento de Felipe Carrillo Puerto.

El matrimonio procreó siete hijos: Carlos Alfonso, Yolanda, Raul Remigio, Alfredo, Miriam, Jorge Hidalgo y Mario Enrique.

La escuela Hidalgo
Remigio fue director de la escuela Hidalgo durante muchos años. Curiosamente, fue éste uno de los personajes de la Independencia que más admiró.

En 1938 el gobernador Humberto Canto Echeverría cambió el domicilio de la escuela al Palacio Cantón y ofreció a Remigio la planta alta para que habitara con su familia. Durante 12 años el Palacio Cantón, hoy Museo de Antropología de Yucatán, fue el domicilio de la familia Aguilar y Aguilar.

En 1950, la escuela cambió su domicilio a la calle 60 por 41 —donde se encuentra hasta hoy—y toda la familia se mudó nuevamente. En 1973, a la edad de 79 años, Remigio se jubiló de la docencia.

La pasión de Remigio por la historia fue heredada por su nieto José Luis Vargas Aguilar, historiador y gran orador. El me cuenta: “Recuerdo dos viajes muy importantes que viví con mi abuelo. Mi primer viaje a México fue cuando tenía nueve años y nunca voy a olvidar que él me enseñó Chapultepec, me dijo lo que había pasado ahí, me contó todo como si fuera mi guía de turistas, me explicó los monumentos de la avenida Reforma, entre muchas otras cosas. En esa época pasaban una serie histórica llamada “Los Caudillos y el Carruaje”, mi abuelo me decía: ‘Vamos a verla, Pepe Luis, y lo que veas aquí compruébalo en tu libro’. Cuando tenía 17 años viajamos juntos por segunda vez a la ciudad de México, era diciembre del 76. Recuerdo que me llevó a ver la casa de la Madre Conchita, me contó su historia y cómo la habían apresado e incriminado en el asesinato del general Obregón.

Mi abuelo tenía una biblioteca inmensa llena de libros de historia, libros nunca antes vistos, yo la recuerdo muy bien”.

Medalla Ignacio Manuel Altamirano
Remigio dio cátedra de historia universal e historia de México en la Escuela Normal de Profesores y en la Normal para Señoritas, presidió la Liga de Profesores, escribió artículos en medios de prensa local y asistió a un gran número de congresos de pedagogía y asambleas de la ONU como representante de México. Al cumplir 50 años como maestro recibió la medalla Ignacio Manuel Altamirano de manos del presidente Adolfo López Mateos.

Actualmente en Yucatán existen tres escuelas primarias que llevan su nombre.

Remigio falleció el 4 de junio de 1977 a causa de un infarto. Fue un hombre de pensamiento liberal y gran admirador de Benito Juárez, siempre estuvo convencido de que una educación objetiva sólo se logra cuando es laica.

Su amor por la historia fue tan grande que continúa manifestándose en su descendencia, hasta el día de hoy y, con seguridad, lo hará en las generaciones por venir.

La educación es el alimento de una nación… si queremos lograr un verdadero desarrollo, exijamos inversión en este rubro, —en lugar de trenes y refinerías— una evaluación continua a los maestros, y el constante mejoramiento de programas educativos; sólo de esta manera podremos lograr un futuro promisorio para nuestros hijos y por ende, una nación más fuerte.

Mérida, Yucatán
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