Un volteón a Campeche (I)

Ocupaciones impropias

Jhonny Brea
Foto: Fernando Eloy
La Jornada Maya

Viernes 22 de noviembre, 2019

Nada como tener el respaldo de la tribu cuando se trata de aplicar la Estrategia Integral de Defensa de la Quincena. Sin saberlo, formamos parte del 60 por ciento de la población que no compró nada en El Buen Fin, al menos nada que estuviera en "oferta" a 20 meses sin intereses y que se echa a perder a los tres. Eso sí, tuvimos que huir y lo que no se va en llantos se va en suspiros; pero ahora sí que lo bailado nadie nos lo quita.

Honestamente, la perspectiva de tener a la tribu encerrada durante el puente no era nada halagüeña, así que lo mejor fue planchar la ropa de invierno que había quedado húmeda (ustedes saben, las labores propias de mi sexo), a fin de prevenir el mal olor y que todos estuviéramos listos para enfrentar la heladez. Procuramos suficiente bastimento en la panadería, y entonces empezó el drama.

"¡Me gusta que la pasemos así, pero ¿a poco no se antoja un escotaffí de Pomuch!", soltó La Xtabay, que curiosamente se esperó a que mi taza de chocolate estuviera asentada sobre la mesa. Rápidamente, El Kizín secundó con un "¿y si nos lanzamos a Campeche?". La Cutusa, por su parte, comenzó a golpear la mesa rítmicamente mientras decía "Cam-pe-che, Cam-pe-che", así que sospecho que traían bien armado el golpe de Estado. Sin esperar mi respuesta, mi dulce tormento me alcanzó su teléfono con la disponibilidad de hoteles y precios; ya tenía todo listo para hacer la reservación, y luego disparó: "Yo doy una noche".

Obviamente, ante esa embestida, ni siquiera un avión de la Fuerza Aérea hubiera podido sacarme, ni valía la solicitud de asilo. Resignado, como buen macho omega grasa en pecho, espalda peluda, nalga laminada, abdomen de lavadora y bebedor de cerveza light, suspiré y asentí.

Vamos por partes: en lo que estábamos de acuerdo La Xtabay y yo era que no valía la pena salir de compras; primero porque no vimos publicado nada de lo que necesitamos, segundo porque tampoco nos pareció encontrar descuentos reales o imposibles de hallar en otra época del año (3x2 en vinos y licores, por ejemplo). Pero encerrarnos en casa no iba a funcionar para nadie. Segundo: Aunque no hay mucho contacto con la parentela de Campeche –aquí no hay cuentos: peninsular que se respete tiene parientes en los tres estados– la relación es cordial y la pasamos bien juntos, así que una visita resultaría bien. Tercero: las dimensiones del comercio en Campeche son mucho menores que en Mérida, así que habría mucha menor presión sobre la cartera. Por último, comer pescado y mariscos, o cochinita estilo Hecelchakán o pan tradicional en la urbe amurallada, además de variedad, es una experiencia que se le desea a todo ser querido.

La expedición se armó rápidamente, como podrán imaginar. Nada más desayunamos y abordamos la poderosa nave, decididos a pasar un verdadero buen fin. El trayecto no tuvo mayor complicación, pero cuando comenzó el hambre, iniciaron las aventuras y uno que otro desazón.

Por alguna extraña razón se nos ocurrió comer en los restaurantes de la entrada, sobre el malecón. Aquí uno comprende que la estrategia de competencia en estos negocios es contratar a individuos que desprecian su propia vida y hacen todo para evitar que quien entre en automóvil al estacionamiento vaya al lugar que le dé su muy real gana. Debe ser parte del carácter peninsular porque igualito te hacen los vendedores de "artesanías" en Chichén Itzá.

La competencia tampoco se les da en cuanto a la cocina; el menú es más o menos el mismo, con alguna ligera variación. A La Xtabay se le antoja el vino blanco con los camarones, pero ninguno de esos restaurantes pasa de ofrecer cerveza. Eso sí, esta vez nos tocó variedad; primero, la estudiantina de la UNACAR que pasaba a pedir una cooperación para llegar a Mérida. Supongo que los fondos universitarios están en plena austeridad y los directivos harán pronto el anuncio de que se bajarán el sueldo, como en la UADY, porque creo que los pobres tunos deben estar estancados en Tenabo a estas alturas.

El segundo show fue un espectáculo "de imitación" del que La Cutusa concluyó que más bien era de parodia, pues aparte de los malos chistes, el "animador" interpretó a Luis Miguel, Armando Manzanero y Ana Gabriel, todos con voz de Valentín Elizalde (al único que sí imitó).

Siquiera comimos rápido porque aquello era un tormento. Eso sí, nos mantuvimos decididos a tener un buen fin y lo logramos, pero les sigo contando a la próxima.

Mérida, Yucatán
jornalerojhonnybrea@gmail.com