Un volteón a Campeche (2)

Ocupaciones impropias

Jhonny Brea
Foto: Fernando Eloy
La Jornada Maya

Viernes 29 de noviembre, 2019

Un cambio de aire suele ser benéfico para la salud mental, siempre y cuando no sea uno el encargado de pagar todo y que la tropa esté consciente de que hay un presupuesto para tomarse unos días libres y que la gasolina marca 4T puede estar más cara en el destino, y entonces la diversión con medida queda pactada. Al menos, funciona con la tribu. Resulta bonito porque entonces nos vamos a aplicar la etnografía.

Pero de este viaje resultó que, al menos para mis engendros, tengo raíces campechanas, cosa que no puedo comprobar porque el conocimiento de mi árbol genealógico no llega a tanto.

Después de desayunar, nos dispusimos a pasear por el hermoso centro de San Francisco de Campeche, recorrer sus barrios y, ¿por qué no decirlo?, disfrutar de su gente, que de verdad es amable. La mejor opción, de principio, fue abordar el tranvía turístico. Debo admitir que no me arrepiento del viaje, pero no hubiera estado mal un descuento en la tarifa de adultos con el pretexto del Buen Fin.

Andaba rumiando ese primer gasto cuando La Cutusa me jaloneó del brazo y me sacó de mis pensamientos. Acababa de escuchar del guía que, en Campeche, los hombres son los encargados de hacer las compras y ver que nada falte en la despensa para la comida. “¡Igual que tú, papito!”, gritó provocando unas no muy discretas risas de las damas que iban a bordo. Caray, como si no supieran de las labores propias de mi sexo.

A todas éstas, cuando el carro atravesó el malecón, El Kizín fue el que se alebrestó ante la vista del ángel maya que en valiente hora hizo Jorge Marín. “¡Mira, papá, el Monumento al Papá Luchón, igual que tú!”

Por supuesto, ahora fueron carcajadas. Respiré profundamente, juntando todo el aplomo que puede poseer un macho omega grasa en pecho, espalda peluda, nalga atablonada, abdomen de lavadora y bebedor de cerveza light, y opté por hacer como que el Cristo de San Román me hablaba, mientras el tranvía tomaba rumbo hacia ese tradicional barrio.

Por cierto, el recorrido hace una parada a un costado de la iglesia del Cristo Negro. Entiendo que su fiesta sigue siendo una de las más importantes de la península, y eso que hay varias imágenes semejantes en el área maya, como la del Cristo de las Ampollas de Yucatán, pero verán, a mí no me gusta detenerme en las iglesias. Tengo un problema serio porque basta que me acerque unos cuantos metros y escucho voces.

Esta vez no fue la excepción. Todos se bajaron para contemplar un momento la imagen, ofrecerle un padrenuestro, y en cambio yo nada más oía un sonsonete que venía del umbral de la puerta adjunta a los confesionarios: “¡Hay flan napolitano, hay flor de leche, hay tablilla de chocolate!”

Fui el único que volvió al tranvía con dinero de menos a causa del chocolate entablillado. Cosas que le pasan a uno durante la experiencia mística.

Al término del recorrido, y cuando todavía no acabábamos de descender, El Kizín se nos perdió. Ya habíamos lanzado algunos gritos que hicieron que se acercaran unos policías cuando el muy ladino apareció, haciendo su mejor cara de inocente mientras preguntaba “¿qué no habíamos quedado en ir al Museo de El Palacio?”. Mientras, ya hasta habíamos pensado en aplicarle unos correctivos que en mala hora prohibió el Senado.

Y no están ustedes para saberlo, pero ese rapaz está loco con los piratas y su historia, así que se aceptan recomendaciones de regalo para navidad, especialmente de esos libros que parecen regalo y castigo a la vez.

Macho omega que se respeta

Dicen que una señal de madurez en el yucateco es madrugar en domingo para ir por su cochinita.

Campeche tiene este guiso al estilo Hecelchakán y nos llevan la delantera en eso de la comercialización: me traje dos kilos empacados al alto vacío. Sabrosa, con todo.

Mérida, Yucatán
jornalerojhonnybrea@gmail.com