En el confín de La Mancha

Leer los tiempos

José Ramón Enríquez
Foto: torredejuanabad.es
La Jornada Maya

Miércoles 4 de diciembre, 2019

Tomás Ballesteros ha publicado un libro duro, como un golpe seco en el abdomen, doloroso, un libro a favor de la memoria y en contra del olvido, dentro de la colección “Huellas de Memoria en Ciudad Real”: Represión de posguerra en Torre de Juan Abad. 1939-1947 (Ediciones Puertollano, 2019).

Tras haberse levantado en armas el 4 de julio de 1936 contra una República española legalmente constituida, el 1 de abril de 1939, Francisco Franco se declaraba vencedor de una guerra fratricida. Hace ochenta años. Ese día comenzó una etapa de represión brutal, de auténtico terrorismo de Estado, con la idea de prohibir inclusive la memoria.

Y eso fue lo que ocurrió en Torre de Juan Abad, en “el confín de La Mancha”, como llamó mi padre al pueblo en el cual nació, en un texto autobiográfico publicado en su exilio de México por la revista Las Españas. Un pueblo de labradores, al sureste de la agreste llanura manchega, que se caracterizó por no haber tenido hechos de armas ni muertes ni saqueos por parte de las llamadas por el franquismo “hordas rojas”, a pesar de haberlo gobernado, sufrió una brutal represión de 1939 a 1947, como lo documenta acuciosamente Tomás Ballesteros en su obra.

¿Por qué esa brutalidad tan desproporcionada? El autor lo responde desde uno de los epígrafes de su libro en el cual cita las órdenes del general Mola para esa región y que resumen la política del franquismo para la dictadura: “Es necesario crear una atmósfera de terror... Todo aquel que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado”. Y ese terror llega hasta hoy, cuando el espantajo de un Frente Popular es lo que agitan histéricamente las derechas ante la posibilidad de una coalición gobernante de izquierdas.

El terror supuso también la prohibición de la memoria. Una sombra que pareció llegar inclusive a mi padre, Isidoro Enríquez Calleja, maestro de primaria en Barcelona donde le tocó la guerra pero que pudo cruzar la frontera francesa y llegar al exilio mexicano. Nacido en 1900, en Torre de Juan Abad, nada supo, o nada quiso contarnos a sus hijos mexicanos, de la represión en su pueblo. Por ello agradezco tanto, ya en mi propia vejez, esta recuperación de la memoria por Tomás Ballesteros, también maestro de primaria, torreño nacido en 1960 aún en el franquismo, quien con fervor, sabiduría y rigor histórico ha venido a conmoverme.

Torre de Juan Abad “es uno de los pueblos donde se dieron todos los tipos de represión franquista que hubo en posguerra y abarca fallecidos extrajudiciales, fallecidos por juicios sumarísimos, fallecidos en prisión, fallecidos en la sierra y los fallecidos en los campos de exterminio nazi”, explicó en una entrevista.

De entre los nombres de esos represaliados, algunos llamaron de inmediato mi atención. Sobre todo el de Isidoro Calleja Pérez, hermano de mi abuela Ramona, en recuerdo de quien llevo mi nombre. Sobre este tío abuelo con quien mi padre compartió un nombre que siempre me ha parecido mágico, ignoraba yo todo y estoy casi seguro de que mi padre no conoció su final. Como él, otros Calleja y otros apellidos del libro me resultan conocidos. Ya había publicado Tomás Ballesteros la historia de su propio tío abuelo, Adrián Escudero: un republicano integral, torreño como mi padre y, como él, refugiado en México.

Esta historia de la Torre de Juan Abad herida sin razón ni justicia, sólo para sembrar el terror y volver peligrosa cualquier memoria, no sólo me ha conmovido e increpado sino que me ha preocupado profundamente, sobre todo, ante el renacimiento de los fascismos en el mundo.

¿Hasta dónde se repetirá la historia?

enriquezjoseramon@gmail.com