Solares y lo divino

Leer los tiempos

José Ramón Enríquez
La Jornada Maya

Miércoles 22 de enero, 2020

El encuentro del ser humano con la divinidad o con otros mundos paralelos a éste, ha sido una constante en la narrativa y la dramaturgia de Ignacio Solares. Lo demuestra su ya larga trayectoria literaria y lo confirma su novela más reciente El juramento (Alfaguara, 2019).

El joven personaje de esta novela (que bien puede tener algún trazo autobiográfico como su formación en Chihuahua a la sombra impresionante de la Sierra Tarahumara) se encuentra ante su propio ritual de paso que es, como todos los rituales de paso, una aventura dolorosa e implosiva, en soledad, aunque en ciertos momentos la comparta con su maestro jesuita, algún amigo, sus padres y una enfermera que habrá de convertirse en su primer amor.

Es un joven católico pero incapaz de concebir a un dios personal. La enormidad, la majestuosidad de la Sierra lo enfrenta a un Todo mucho más cercano a otras concepciones religiosas entre animistas y panteístas alimentadas por lecturas tempranas y profundas. Ese panteísmo entra en conflicto con su educación tradicional y con la espiritualidad jesuita fundamentalmente cristocéntrica.

Ha vivido la cercanía con la mística de Thomas Merton, el monje trapense y poeta laureado que tanto pesó en la generación de la segunda posguerra mundial, que influye decisivamente en el joven personaje de ficción, así como lo ha hecho en Solares quien utiliza no sólo su pensamiento sino rasgos de su vida real para injertarlos en la vida del personaje, sólo que en una interesante inversión de tiempos y de circunstancias. Si el joven de El juramento parte del diálogo entre la religiosidad oriental y la católica, Merton llegó a él en la vejez, en plena crisis posconciliar y en una apertura franca al ecumenismo. En idéntica inversión, el joven arranca de un primer amor con la enfermera que lo atiende y Merton en la vejez habría de enamorarse de Margie Smith, enfermera que lo atendió tras una cirugía.

Ese reflejo en un “bucle espaciotemporal” recuerda muchas de las paradojas con las que ha jugado Solares a lo largo de su obra pero, sobre todo, nos enfrenta a una dialéctica religiosa cuya síntesis no define en su novela. Como buen maestro zen, nunca ha definido las síntesis decisivas de sus novelas. Y El juramento, más aún que otras novelas, es la fábula que un guía espiritual, a la manera oriental, plantea a quienes la escuchan. La conclusión queda para ser rumiadas por cada lector, así como, estoy seguro, por el propio autor. Al final de cuentas, no sólo la aventura está en el viaje sino también el desenlace que tal vez nos espere más allá de nosotros mismos.

Si en el caso de Thomas Merton su encuentro con Margie Smith sirvió para abrirse al mundo y retomar después la propia existencia de místico contemplativo, el encuentro con el amor de su enfermera del joven iniciado adquiere rasgos diferentes que sorprenden a los lectores, como ocurre siempre en una fábula oriental y como es una constante en la narrativa de Ignacio Solares.

Y tanto la profundidad como la amplitud de ese viaje interior que se nos propone van a depender de las resonancias que tanto lo mágico como lo divino tengan en cada uno de nosotros, así como el encuentro final, o el desencuentro, con el rostro definitivo de un Jesús personal. Solares permanece apartado y respetuoso de los procesos íntimos que sus palabras provoquen en los lectores.

Por eso es tan breve El juramento, porque una fábula zen debe despojarse de cualquier adorno, incluso si ese adorno puede ser parte del diálogo con el Dios personal de los cristianos, encarnado para hablar con cada quien en su lenguaje y desde sus propias dudas.

enriquezjoseramon@gmail.com