La Plaza vs el Palacio

¿Quién dictará el orden: los mercados o la gente?

Daniel Vera
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Miércoles 5 de febrero, 2020

Categorías de antaño como el eje izquierda-derecha funcionan como elemento de identificación, pero no para construir un nuevo sujeto político, una mayoría social transformadora. Al fin y al cabo, ser de izquierdas o de derechas son simplemente dos maneras distintas de encarar la realidad: la primera en favor de la universalidad, de la colectividad; la segunda como la reafirmación de uno mismo, la individualidad.

Siempre latente tensión entre dos valores siempre en simbiosis: libertad y seguridad.

La globalización como obra del capitalismo moderno fracasó. Y cada vez que el capitalismo entra en crisis le sobra algo, en este caso: el estado social y derechos. Las generaciones más jóvenes asimilan la precariedad ya no como un elemento de excepcionalidad, sino como una condición dada, las prestaciones laborales no son derechos sino privilegios. En la vorágine de los “mercados” (los cuales tienen nombre y apellido) no hay tiempo para aquellas cosas por las cuales merece la pena vivir la vida.

¡El éxito está en ti!, ¡Hay que competir!, ¡Hay que ser empresarios nosotros mismos!

Se pierde de vista que el trabajo forma parte de la identidad del sujeto. El neoliberalismo con sus valores: la competitividad, la concentración vulgar de la riqueza, el individualismo ha creado un escenario desquiciante para el sujeto en donde siempre se vive en un estado de angustia. El otro es siempre un posible enemigo. No nos va dar el cuerpo para competir en el libre mercado. No se entiende el siglo XXI sin la concepción del “hombre o mujer precario” un sujeto con condiciones laborales deplorables, que no tiene tiempo para sí mismo ni para los suyos, que no ve garantizados derechos como la salud o una vivienda digna, jubilación y que vive en un agotamiento mental constante que nos habla de una salud mental-social en serias condiciones. Los consultorios están cada día más llenos de gente que se culpa así misma por no tener más tiempo, por no disfrutar más y más, lo cual nos habla de una sociedad que intenta vivir o sobrevivir en una euforia permanente.

El diagnóstico está claro: El uno por ciento más rico de la población posee más del doble de riqueza que seis mil 900 millones de personas. Es un escándalo que con el desarrollo tecnológico de nuestros tiempos vivíamos en sociedades tan desiguales que rozan en lo inhumano. Es por eso que el eje izquierda-derecha se agotó. El eje actual que representa la crisis de nuestro tiempo es arriba-abajo: la plaza vs el palacio; los que tienen demasiado a costa de los que tienen muy poco.

Es una farsa la panacea de los liberales del libre mercado. No existe la competencia; lo que existe son situaciones de monopolios y oligopolios y eso no es ideología, son hechos. La economía debe estar al servicio de la política porque si es al revés, termina imponiéndose el beneficio exorbitado y no cubrir las necesidades del ser humano.

La paradoja está en, cómo nos dice Boaventura de Sousa, “La tragedia de nuestro tiempo es que la dominación está unida y la resistencia está fragmentada” ¿Cómo hacer del descontento, de las diferentes causas, un proyecto común? La pregunta que se hace todo aquel que sigue pensando en una utopía de un mundo mejor es posible. No hay recetas, hay ideas.

Todo nuevo proyecto emancipador que busque transformar la realidad tiene por lo menos tres tareas: por una parte lidiar con algo fundamental en política que es el conflicto, por otro lado la construcción de un sujeto político -llamémosle “pueblo”- que vaya sumando actores, demandas, que no sumen en su conjunto y, por último, que lo que está en disputa no es sólo una cuestión electoral sino un orden social que tiene que ir acompañado de la organización, la movilización y la institucionalidad.

¿Quién dictará el orden: los mercados o la gente?

Hic et nunc

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