El hombre de las chucherías

Don Juan dedicó su vida a recopilar relatos sobre la historia de Yucatán

Felipe Escalante Tió
Foto: Tomada de redes
La Jornada Maya

Jueves 19 de marzo, 2020

Este domingo fue triste para la historia peninsular. Por la mañana se supo del fallecimiento de Juan Francisco Peón Ancona, integrante del Consejo de Cronistas de Mérida, y por la tarde se separó de esta vida Renán Góngora Bianchi, investigador de la Universidad Autónoma de Yucatán y cronista de Valladolid. Ambos dejan una amplia obra escrita y fueron influencia en la formación de nuevas generaciones de historiadores.

En lo personal, tuve mucho más trato con el primero. Sin duda, su libro Chucherías de la historia de Yucatán, una recopilación de artículos suyos que aparecieron primero en el suplemento cultural que el Diario de Yucatán tuvo en los años 80 y que recibí de regalo al cumplir mi primera década, es una ventana de entrada a una historia a la que la academia yucateca comenzó a prestarle atención hasta fines del milenio.

En efecto, los relatos que don Juan recopiló atravesaban varias etapas de la historia local, pero en lugar de concentrarse en números y fechas ofrecían al lector las experiencias de los personajes, a los que uno terminaba por adoptar casi como familiares. Uno no podía parar de reír con “La x’nuk niña y el doctor Patrón”, o con los afanes de adquirir un título nobiliario en “El chasco de los Ancona”, y es posible sorprenderse con los códigos de los intrusos, en “El chocolate del ladrón”, y también ver a una “casta divina” muy distinta a la que los libros enseñaban entonces, con las anécdotas de “La choco rabo y la nochebuena” y “Así era doña Loreto”. También invitaba a pensar en cómo una familia pudo sobrevivir al sitio de Mérida gracias a una “Gallina benemérita”, algo que parece impensable en tiempos de la actual pandemia. Tiempo después apareció Chucherías meridanas, cuyo origen estuvo en la misma serie.

Leer a don Juan era entretenido, lúdico. Entrar en contacto con él, especialmente en su función de director de la hemeroteca Carlos R. Menéndez era otra cosa. El ingreso a esa biblioteca y su acervo implicaba pasar por su escrutinio, algo que resultó harto difícil para un joven de cabello largo y proveniente de la Facultad de Ciencias Antropológicas de la UADY. Más que bibliotecario, don Juan Francisco era el can cerbero de esa institución y desconfiaba de cualquier investigador local, particularmente porque sospechaba que uno había sustraído algunos volúmenes.

No sin insistencia, me volví asiduo de la Menéndez y la amistad con don Juan me permitió encontrar algunas joyas entre la colección de periódicos. Un día, aquel vochito blanco cuyo ruidoso motor anunciaba la llegada del director, dejó de llegar. La biblioteca entró por entonces en una etapa de renovación. Sin embargo, un buen número de investigadores continuó buscando a don Juan por su plática y disposición para compartir relatos de Mérida y de una gran cantidad de personajes de los que parecía conocer hasta las más profundas intimidades.

Esas conversaciones las extendió para unos cuantos interesados. Entre 2014 y 2015 me tocó verlo impartir un módulo sobre la exploración y conquista de Yucatán. Sin duda, don Juan conocía el tema a fondo, pero para las actuales generaciones que gustan de lecturas interrumpidas por imágenes, escucharlo resultó un enorme desafío; su estilo recordaba al de profesores que se ganaron el respeto de su tiempo precisamente por su sapiencia, porque exigían a sus estudiantes. Y don Juan exigía una buena dosis de imaginación, para seguir un mapa, para recrear viajes y paisajes, para suponer combates entre mayas y españoles, para apenas atisbar el asombro mutuo de dos civilizaciones que al chocar terminaron creando algo nuevo y conflictivo a la vez.

Sin duda, don Juan también fue polémico, y lo fue por su actividad; por dejarle un escudo de armas a Yucatán y también a las ciudades de Valladolid y Tizimín, además de ser artífice de la colocación del monumento a los Montejo en Mérida. A esta ciudad le tuvo un gran cariño; tal vez ese cariño de abuelo, siempre desperdigado en “chucherías” para los nietos.

felipe@lajornadamaya.mx

Edición: Elsa Torres