El loto blanco de los mayas

Quizá el virus en forma de corona y otros fenómenos ayuden a reconfigurar nuestros sistemas de creencias

Mauricio Cervantes
La Jornada Maya

Miércoles 25 de marzo, 2020

Uno. El nenúfar en los estanques urbanos

Muchas plantas introducidas han adquirido carta de naturalización a lo largo de los siglos. Si en el siglo XVI hubieran existido los indicadores sistémicos con los que contamos hoy, se habrían registrado los desajustes en los paisajes de nuestro continente con la flora traída de ultramar, sin embargo, a pesar de los desequilibrios que hayan ocasionado, terminarían por incorporarse a un herbario de plantas medicinales de las cuales sólo la mitad en México son nativas.

Claude Monet creó la zaga pictórica más bella de la historia del arte dedicada a las plantas acuáticas. Llevó a Francia nenúfares de Egipto y Sudamérica. En los casos citados, quizá los beneficios de la introducción superaron a las anomalías ocasionadas. Las cicatrices de devastación ecológica, producto de la extracción de materiales pétreos en Mérida, han podido restaurarse con iniciativas apoyadas de biólogos y ambientalistas.

En el Parque Ecológico de Yucalpetén y el Acuaparque de San Antonio Kaua, donde antes hubo canteras, hoy las aguas llenan estanques con nenúfares; muchos de ellos introducidos. En ellos pueden avistarse murciélagos insectívoros y aves importantes en la cadena alimenticia de la Nymphaea ampla, a la que polinizan distintas abejas como la mítica Xunan Cab -Melipona becheii- sin mencionar a batracios, tortugas y peces.

Dos. La danza silente del nenúfar

El loto blanco, Nymphaea ampla o naab -en maya peninsular- es una de las plantas más socorridas en la iconografía maya. Por sus propiedades psicoactivas, este nenúfar era utilizado por los sacerdotes mayas en sus visiones oraculares. La danza asociada era una puesta en escena de la victoria sobre la muerte, en el proceso de creación o en el de transformación.

Si fue tan importante en la cosmogonía y en la botánica maya… ¿por qué se interrumpió aquella danza? ¿Por qué la flor desapareció de los herbarios medicinales y de otras prácticas bioculturales? ¿Por qué no hay programas que estimulen su propagación gracias a los servicios ambientales que brinda?

Probablemente cuando todos los humedales del territorio maya gozaban de salud, no había charca, manglar o cenote en que no libaran los insectos en sus flores.

Acaso desde los primeros brotes de la agroindustria ¿las Nymphaea ampla decidieron hibernar? Esta no es sino una ocurrencia de cepa lírica. Pero más allá de ese lirismo, lo cierto es que las actividades extractivas de nuestra generación superan lo que podamos retribuir a los ecosistemas. El desequilibrio producido para satisfacer nuestras necesidades nos hace responsables, en buena medida, de la desaparición de algunas especies o de la resiliencia, sobrepoblación, transmutación o aparición de otras tantas, que no excluye a microorganismos como los virus.

El aislamiento social preventivo recomendado por las autoridades en Yucatán, les condujo a cerrar los sitios arqueológicos de Chichén Itzá y Dzibichaltún del 20 al 22 de marzo.

La sombra de Kukulkán descendió a la tierra por el Castillo de Chichén Itzá sin la acostumbrada compañía de multitudes. Sólo para algunos custodios del INAH y los espíritus de las dos antiguas ciudades estaría reservado el milenario evento del equinoccio de primavera. En Dzibichaltún, el hermoso jardín acuático de lotos blancos descansó de las hordas de bañistas que habitualmente se sumergen en las aguas del cenote Xlacah sin consideración alguna por su microsistema.

Quizá el virus en forma de corona y otros fenómenos que se propagan gracias al agua ayuden a reconfigurar nuestros sistemas de creencias. Acaso desde nuestra fragilidad comprendamos que más que en una pandemia, en lo que debemos reparar es nuestras prácticas ecocidas. Probablemente frecuencias como las del loto blanco y su danza sirvan para trascender el entendimiento lineal de la transformación que estamos presenciando.

cervantesmauricio@gmail.com

*Desde 1993 la ONU propuso la celebración del Día Mundial del Agua, que se lleva a cabo el 22 de marzo de cada año

Edición: Elsa Torres