Visionarios de ayer y hoy

Leer los tiempos

José Ramón Enríquez
La Jornada Maya

Miércoles 25 de marzo, 2020

El interés que me despertó el nuevo libro de Victoria Cirlot, Visión en rojo (Siruela, 2019), radica en su manera de establecer el diálogo entre una mística medieval desconocida con las vanguardias del Siglo XX.

Visiones fundamentalmente medievales puestas a dialogar con movimientos imprescindibles, tal como anuncia el subtítulo del libro: “Abstracción e informalismo en El Libro de visiones y revelaciones de Juliana de Norwich”. Dialoga especialmente con Vassili Kandinsky y con Yves Klein, pero nombra también a Mark Rothko (a quien pienso debería dar mayor importancia) hasta llegar al informalismo de Jean Fautrie. Un encuentro entre místicos que no hablan de tierra contrapuesta a cielo sino de mundo interior y mundo exterior.

La explosión del rojo corresponde a la sangre viva de Cristo que empapa el campo de visión de Juliana y brota desde la cabeza. En esto coincide con el Cristo que dibujara San Juan de la Cruz, visto desde el lugar del Padre: sin pretender hacer teología, la visión de Juliana es trinitaria. Mientras que la explosión del rojo en el crepúsculo moscovita en Roter Fleck II (1921), de Kandinsky, no ocupa todo el espacio sino que convive con otros colores puros que él ve, visionario y místico a su manera, en la Plaza del Kremlin, la Plaza Roja.

La visión casi contemporánea de la carne como objeto de adoración en Juliana corresponde a un monocromatismo que Victoria Cirlot hace dialogar con la obra de Yves Klein que fuera rechazada por el Salón de las Nuevas Realidades en París, en 1955. Y en este viaje desde la monocromía hasta la visión dolorosa de “la carne arañada, perforada, hecha jirones” que recuerda al maldito de Dios de Isaías, llega a los Rehenes de Jean Fautrier.

Juliana de Norwich (1342-1416) aprende de la mística visionaria de Hildegard von Bingen (1098-179) pero, a diferencia suya, no deja plasmadas sus visiones sino narradas a la manera de Santa Teresa de Jesús (1515-1582). A diferencia de ambas no es monja sino una beata, o sea, una confinada por su propia voluntad, una encerrada.

Imposible en nuestro tiempo trágico de Coronavirus no subrayar esta característica de voluntario encerramiento no sólo para defenderse del mundo exterior sino para volcarse, sin siquiera las trabas de una disciplina religiosa, en el mundo interior que no es negación del exterior sino espacio vivo al cual renuncia nuestro cientificismo.

Otra curiosidad de esta visionaria es que no tiene nombre propio. Lo abandona y no lo conocemos. Es nombrada por el templo del cual era vecina su casa-celda, el de San Julián de Norwich. Así que, en español, debería ser llamada Santa Julián de Norwich, si quiere traducirse, o Santa Julian de Norwich, si quiere mantenerse la fonética inglesa. Yulian, sin acento agudo. Es pues mística autorregulada, cuyo nombre en masculino el santoral en español y la posteridad en nuestra lengua (incluida una investigadora tan eminente como Victoria Cirlot) se han encargado de corregir.

Frente a ella, un espíritu místico, inclusive ateo, que continúa vivo y es actuante porque influye de muchas maneras la plástica y la lírica de nuestra pretendida posmodernidad. Lo encuentra Victoria Cirlot en “un ateo declarado como Max Ernst” porque “se concebía a sí mismo como un visionario, reclamando la pasividad para asistir como espectador al nacimiento de su obra”.

En momentos de auto confinamiento y de perplejidad, al conectar con el mundo de la mística valdría la pena recordar aquella vertiginosa paradoja de Tertuliano: “El Hijo de Dios murió. Hay que creerlo porque es absurdo. Y sepultado, resucitó; es cierto porque es imposible”.

enriquezjoseramon@gmail.com

Edición: Elsa Torres