Revisitar para no olvidar; el complejo estriaje en la obra de James HD Brown

La producción artística del pintor es perturbadora y, a la vez, invita al sosiego y la calma

Johanna Martin Mardones
Foto: Afp
La Jornada Maya

Martes 31 de marzo, 2020

Esta colaboración está dedicada al artista norteamericano James HD Brown, cuya trayectoria y preparación dan cuenta de la intensa búsqueda creativa que lo motivó. Sus obras tuvieron una significativa presencia en México. El pasado 22 de febrero, en un accidente automovilístico en la ciudad de Mérida, México, falleció junto a su esposa Alexandra Condon.

En Julio de 2018 Brown presentaba en el Centro Cultural La Cúpula un grupo de trabajos artísticos que reunía dispersión, acuarela y collage en litografía bajo el nombre Flowers of Evil I, II, III, IV, V, (Flores del Demonio...). En esta propuesta el artista direcciona el recorrido en un viaje a la abstracción que divaga de lo particular a lo general sobre un soporte que se constituye como un lenguaje más, ocupando un rol trascendente en su obra. “Estas piezas están pintadas en litografías antiguas, impresas por Deyrolle al inicio del siglo XX. Tienen signos de uso y de envejecimiento, tienen vida (…)”, escribió el artista aludiendo al soporte que utiliza para imponer su impronta artística.

La información que aportan las litografías en conjunto con las escenas dadas por la mancha, operan como elementos comunicantes en relaciones que sugieren entradas y salidas, pasajes que se escabullen y afloran, se abren y repliegan en zonas de grises que aceptan tímidamente la permanencia del color sobre un fondo envejecido cargado de historia.

“Estas litografías tienen sus propias manchas, marcas de agua y partes sucias” escribió Brown.

La mancha como constructo vital

La obra admite múltiples interpretaciones que van desde la técnica, como soporte expresivo, hasta la composición que instala la mancha como símbolo mayor y la dependencia particular que sostiene con algunas imágenes (figura humana) y formas concretas (rectángulos, cuadrados, círculos) también en un orden de alta calidad expresiva, hecho que sitúa la obra como pieza contemporánea con una marcada tendencia neoexpresionista. Una forma estratégica de plantear zonas de encuentro y (des)encuentro que, de igual manera, en la bifurcación se topan, cruzan e interrelacionan desde lo medular hasta lo periférico, desde lo concreto hasta lo (des)hecho. Las formas definidas, por su parte, crean diálogos particulares que sobreviven a la totalidad avasalladora de la mancha como golpe-gesto protagónico, lo que irremediablemente las instala como cuerpos-objetos de una realidad global y es, desde ese territorio que se conectan para crear la gran escena, la obra que en su (des)borde, desborda.

Los pliegues de la mancha desdoblan diálogos internos y externos en un acto que activa la intertextualidad y establece una ruptura, un quiebre (entropía) entre lo abstracto y lo figurativo que, sin embargo, mantiene-sostiene la conexión ordenadora (extropía) entre ellos, relación que determina lo nuclear de su propuesta en una tensión manifiesta, relación inequívoca que el lenguaje artístico sostiene con otros lenguajes. Su intensión está plagada de tensión, una especie de reducción al absurdo para aludir al “lugar” (territorio-escena) en el que habitan las formas desde el “extrañamiento” (destierro-desterritorialización) como espacio no habitado. Entonces, desde qué lugar nos habla el artista.

Si la mancha es territorio y la forma vacío, dónde ponemos la emoción, dónde construimos relato y para qué. Ahí donde está el centro, está la nada, según Nietzsche. La relación de ambas entidades en la obra (mancha abstracta y formas figurativas) es la doble articulación de acción y pasión y la presuposición correspondiente entre ambos.

La mancha, que sustenta la obra, es símbolo por excelencia, con un alto grado de pregnancia como icono e imagen al mismo tiempo y en algunos casos territorio y continente a la vez. La ausencia de color en la mancha, trabajado en grises coloreados a modo de collage, sin estrías palpables, fluye y ocupa un espacio relevante de fluxiones y flujos que, de igual manera, traza un complejo estriaje, tensionando la obra hacia una imagen (im)perfecta. Su potencia radica en la indefinición y el riesgo auténtico de establecer un diálogo desde la “no referencia”, el extrañamiento; y hacia la imagen figurativa que promueve información, “(pre)determinada” o no, según las motivaciones de la búsqueda particular.

La emoción que se desprende, aislada o unida bajo un mismo territorio fricciona un lenguaje antípoda y, en ese acto, propone a la obra como objeto cultural intermedio, (pre)texto, fisura, corte con múltiples referencias, tantas como sea posible (re)producir.

La obra de Brown es perturbadora y, a la vez, invita al sosiego y la calma. Su propuesta, en muchos aspectos, es paradójica y dual y, sin duda, el resultado de años de búsqueda que queda de manifiesto en la presentación de estos trabajos expuestos hace casi dos años en el Centro Cultural La Cúpula y que hoy (re)visitamos para no olvidar.

*Artista visual, investigadora y crítica de Arte

johannamartinm@gmail.com

Edición: Ana Ordaz