El rostro del miedo

La violencia de género se consideraba resultado de la falta de alcohol

Felipe Escalante Tió
Foto: Autor Carlos P. Escoffié Zetina
La Jornada Maya

Viernes 10 de abril, 2020

El terreno que encuentra el COVID-19 en la península es fértil, dadas las comorbilidades existentes. Los tres estados comparten altos índices de sobrepeso y obesidad, hipertensión, alcoholismo, suicidios. Hay una gran deuda con la salud de los peninsulares, pero sobre todo se necesita un enfoque social que considere la salud mental como origen de los problemas de salud física.

El tema es antiguo, viene de lejos. En la superficie hoy estamos viendo detalles que para algunos son risibles, como las compras de pánico de cerveza en agencias y supermercados. Para muchos, abstenerse del alcohol no es un reto en esta contingencia; al contrario, es un desafío y mayúsculo, pero esa dependencia se ha ido creando históricamente para esconder ansiedades, situaciones de estrés; para escapar de la desigualdad.

Una imagen, un documento

Una imagen resulta prueba de que el asunto es viejo. Se trata de una caricatura publicada en el Yucatán de 1904. Aún hoy resulta sumamente violenta Lleva por título ¡¡Amor conyugal!! Consecuencia del cierre de cantinas, y un texto breve, ubicado en el extremo inferior derecho, resume la ilustración: “Seis maridos cariñosos, como aquí, lector, los ves, el domingo hace ocho días, por motivos de embriaguez, cada uno le dio una tunda colosal a su mujer”.

En efecto, el caricaturista coloca seis ataques: a puño limpio, con un palo, un chicote, una piedra, lo que se tenga a la mano para agredir a seis mujeres. Ahora bien, los personajes en cuestión son uniformes: los hombres, de pantalón blanco y filipina; sólo uno de los seis está calzado y en apariencia lleva unos pantalones de una tela distinta; también uno solo lleva sombrero, eso sí, de palma. Las mujeres, todas de hipil. Se trata de la creciente población urbana de Mérida a principios del siglo XIX: migrantes del interior del estado, mestizos que consiguieron colocarse como artesanos, obreros del ferrocarril, albañiles, entre otros oficios, que comenzaban a darle cuerpo a una clase media urbana que había tardado en aparecer en todo México.

Con el título se resume la nota: la violencia, que hoy llamaríamos de género e intrafamiliar, era resultado de la falta de alcohol; del síndrome de abstinencia, porque no pudieron adquirir la bebida acostumbrada ya que el gobierno decidió mandar a cerrar las cantinas.

“Baco los cría y yo los junto”, parece decir un personaje que, en el ángulo inferior izquierdo, se distingue por ser el único de vestimenta oscura. Se trata de Agustín Vales Castillo, entonces jefe político de Mérida, cargo que entonces lo hacía responsable de mantener el orden en la urbe. En la revista no hay un texto que aluda a la caricatura, por lo que debemos conceder a la imagen el carácter noticioso e ilustrativo a la vez, en tal caso, el dibujo apunta a que Agustín Vales fue quien dio la orden de cerrar las cantinas.

La curiosidad de la imagen es que va a contrasentido de una época y de personajes que veían al alcohol como enemigo. Parte de las políticas higienistas incluían la prohibición de bebidas embriagantes, el auge se vería en Yucatán con la ley seca que decretó Salvador Alvarado, pero antes, en pleno porfiriato, Olegario Molina y varios integrantes de su gabinete se preciaban de ser “temperantes” y por supuesto, ensayaron convertir su filosofía de vida en política pública.

Alcohol y desigualdades

Tanto en el porfiriato como en la época revolucionaria, el experimento fracasó y lo que se produjo fue el auge de la destilación, y venta, clandestina. Contrario a estos tiempos, por entonces lo más popular no era la cerveza, sino destilados como habanero, anís o aguardientes de caña que terminaron recibiendo el nombre de “pixoy”. La primera, más ligera, era tenida como un producto hasta de lujo, reservado a las élites.

Pero el alcoholismo y la violencia -que supuestamente no cometían esas élites- tendría otra explicación: las condiciones de explotación a que estaban sujetas estas personas.

Llegaban a Mérida en busca de una oportunidad, pero encontraban la discriminación hacia los que no hablaban castellano o encontraban vivienda en las zonas rudas de la ciudad. Se dejaba el campo -de donde habían sido arrojados por la presión de las haciendas sobre la propiedad comunal- y llegaban para vivir al día, en una situación de estrés permanente.

¿Qué tan diferente era la situación de entonces con la actual? Sin duda, Yucatán en particular y la península en general, tienen una grave deuda con la salud de sus habitantes y una muy sensible en cuanto a la salud mental.

La actual es también una sociedad marcadamente desigual. Basta con que alguien diga que vive en el sur de Mérida, o que su lugar de origen es un municipio distinto de la capital del estado -o Cancún- para prácticamente se defina el futuro laboral y social de la persona en cuestión. Esto afecta tanto a hombres como a mujeres que, sin una educación emocional suficiente, recurren al consumo de drogas -que eso es el alcohol. Las compras de pánico en agencias y supermercados ante los recientes anuncios de la aplicación de la ley seca indica cuánta gente cree que perderá su estabilidad emocional si no tiene cervezas u otras bebidas más fuertes a su alcance.

Tenemos que revisar, entonces, si el aumento en las denuncias de violencia de género e intrafamiliar obedece (aparte de que es un tema del que afortunadamente ya se habla y se reporta) a las condiciones de estrés, discriminación, carencia de oportunidades laborales, explotación laboral, trabajo mal pagado y sin prestaciones, vivienda poco digna y/o con servicios públicos insuficientes, entre otros factores que terminan siendo los que conforman al monstruo que aparece en la borrachera.

El rostro oculto

Si tomamos como válida la hipótesis de la caricatura de Escoffié, el carácter violento está ahí antes del consumo de alcohol y éste, en una población estresada y emocionalmente reprimida, es un instrumento de control social; sirve para proporcionar a esa población un escape. Por el contrario, aplicarle la ley seca hará que recurra a medios no legales para obtener esa droga, antes que tomar conciencia de su situación.

Pero independientemente de si el alcohol “transforma”, como en El extraño caso del doctor Jekyl y el señor Hyde, o si trae a la superficie lo que ha estado reprimido, lo triste es que carecemos de una educación para manejarlo; la mexicana y la peninsular son sociedades que llevan viviendo en la insatisfacción por lo menos desde principios del siglo XIX.

De ahí que haya quien pretenda explicar que la “mexicana alegría” es un atavismo, o que el éxito de la cerveza como bebida popular sea por tradición.

Lo que lleva demasiado tiempo es la falta de empatía y la falta de oportunidades. ¿No es un trauma trabajar en, digamos, un hotel en donde se desperdicia el agua en piscinas y jacuzzis, cuando en el domicilio propio está racionado el vital líquido? ¿Acaso no impacta laborar en algún local de una plaza comercial donde la luz y el aire acondicionado están encendidos todo el tiempo, y ver a la quincena que apenas se podrá pagar el recibo de la CFE? Ahí es donde pudiéramos concentrarnos, antes de lanzarnos a prohibiciones de consumo, porque eso es lo que enmascaran las compras de pánico.

felipe@lajornadamaya.mx

Edición: Ana Ordaz