El descubrimiento de Cristóbal

Ortega debutó con el Club América en 1974 frente a Ciudad Madero

Miguel Ángel Cocom Mayén
Foto: https://www.clubamerica.com.mx/
La Jornada Maya

Lunes 11 de mayo, 2020

“Señoras y señores, hemos vivido en el error. América descubrió a Cristóbal”, fue la frase con la que don Ángel Fernández inmortalizó en 1974 los primeros minutos en la cancha del Estadio Azteca de un joven de 18 años. Así, enfundado en los colores azulcrema, en un partido del Torneo de Copa y teniendo enfrente al equipo de Ciudad Madero, iniciaba la carrera del futbolista que más adelante escribiría su nombre como el jugador con más partidos y títulos en la historia de la franquicia americanista.

Tres días después, un domingo al mediodía, Cristóbal Ortega también hizo su debut en el Torneo de Liga contra el rival más acérrimo, las Chivas del Guadalajara, en el Clásico de Clásicos del balompié nacional. El partido terminó con empate a uno y fue el novato quien dio el pase para gol. Su carrera iniciaba con el pie derecho, como un sólido presagio de los éxitos individuales y colectivos que vendrían después.

Y ya que abordamos el concepto de clásicos, vale la pena traer a colación el libro La invención de América, de 1958, en el que el historiador mexicano Edmundo O'Gorman afirmó que nuestro continente, después de los viajes colombinos, fue inventado –no descubierto– por la cultura europea. En ese sentido, también es válido afirmar que el Club América no descubrió a Cristóbal, más bien lo inventó, moldeando las habilidades que el jugador demostró desde su arribo a fuerzas básicas. En paralelo, el fibroso mediocampista ayudó a concebir y concretar al América triunfador de la década de los años 1980. Un Nuevo Mundo comenzaba a revelarse en el balompié nacional.

La primera carabela

Colón no pretendía llegar a América, pero lo hizo. En cambio, Cristóbal Ortega pudo no haber llegado al primer equipo de sus amores y en el que se forjó, en divisiones inferiores, desde que era estudiante de secundaria.

Antes de firmar su primer contrato como jugador profesional, integrantes de la directiva del Cruz Azul se le acercaron para ofrecerle una cuantiosa cantidad de dinero por sus servicios. Mientras que el club de Coapa le ofrecía 2 mil pesos mensuales, el equipo cementero lo tentó con 6 mil pesos al mes y 40 mil en mano. Sólo para dimensionar, en aquel entonces el salario mínimo era de 45 pesos y el litro de gasolina costaba alrededor de 2 pesos; por lo que la oferta cementera era bastante atractiva para alguien que aún no se había estrenado en el máximo circuito.

No obstante, Cristóbal dijo no. Y es que hay veces que la pasión no está en venta. Como pocos jugadores, pudo soportar un cañonazo de 40 mil pesos, tal vez por eso a lo largo de su trayectoria deportiva siempre fue de los primeros para colocarse en las barreras al momento de la ejecución de un tiro libre.

“Estaba muy a gusto en el América”, señala. “Siempre me arreglé bien y estuve contento. Desde fuerzas básicas aprendí lo que es estar en esa institución, a defender los colores, a saber qué significaba portar el uniforme. Tanto directivos, entrenadores y jugadores nos transmitían cómo comportarnos y encarar los partidos difíciles. Fuera de la cancha teníamos a referentes como don Emilio Azcárraga Milmo, Guillermo Cañedo de la Bárcena, Panchito Hernández y José Antonio Roca. Dentro del terreno de juego estaban Carlos Reinoso, Enrique Borja, Mario Pichojos Pérez, Guillermo ‘El Campeón’ Hernández. El Club América era una escuela.”

Una escuela en la que, por cierto, además de los conceptos básicos de fútbol también inculcaban cuestiones de moda y estilo, como esa tendencia tan propia de los años 1970 y 1980 de que el largo del cabello tenía que ser inversamente proporcional a la longitud del short. Un aprendizaje significativo que se puede apreciar en las fotografías de esa época de jugadores como Leonardo Cuellar, Evanivaldo Castro Cabinho, Hugo Sánchez y, por supuesto, Cristóbal Ortega.

La segunda carabela

Colón realizó cuatro viajes al Nuevo Mundo, mientras que Ortega nunca salió del América, al menos como jugador. Recibió ofertas de diversos equipos del fútbol mexicano como Guadalajara, Monterrey, Atlas y U. de G. También, hubo intentos por llevárselo a otras latitudes, como Brasil y España, pero parecía que se amarraba a los postes de la portería del Estadio Azteca para no escuchar el canto de otras sirenas. Como futbolista activo se mantuvo en el club de 1974 a 1992. Durante su paso, le tocó vivir las presidencias de Luis Echeverría, José López Portillo, Miguel de la Madrid y Carlos Salinas de Gortari. Congruente con su tiempo, le tocó ir “arriba y adelante” con sus compañeros de equipo, “administrar la abundancia” de títulos, impulsar “la renovación moral” en la cancha y contestar “ni los veo, ni los oigo” a los detractores de club.

El uniforme azulcrema sólo se lo quitaba para vestir la playera de la Selección Nacional, con la que participó en los mundiales de Argentina 78 y México 86. No fueron buenos años para el equipo tricolor, en Argentina perdieron sus tres partidos y recibieron 12 goles, incluido un 6 a cero frente al combinado alemán. Cuatro años después, el equipo no pudo ni siquiera clasificar al mundial, quedando fuera en la ronda final de las eliminatorias, ganando sólo un encuentro frente a Cuba. Al Mundial de Italia 90 pudo haber llegado con 34 años, pero nuestro fútbol estaba vetado de toda competencia internacional por el escándalo de los cachirules.

“Antes del mundial de Argentina, hicimos una breve gira por Europa y nos fue bien. Éramos un equipo con una combinación de jugadores maduros y experimentados, como Ignacio Flores, Mario Medina y Antonio de la Torre, y jóvenes que apenas íbamos empezando nuestra trayectoria, como Alfredo Tena, Víctor Rangel y yo. Es cierto, no nos fue muy bien, pero la experiencia nos ayudó a madurar y tener una mejor carrera.”

Y así como Cristóbal Ortega se trajo aprendizajes del Cono Sur, algunos equipos mexicanos aprovecharon para importar uno que otro jugador. Por ejemplo, el mismo Club América contrató a Dirceu, quien había sido galardonado con el Balón de Bronce en el mundial. ¿El legado del jugador brasileño en nuestro balompié? Una frase célebre que aún hoy asoma en tertulias y pláticas de sobremesa: “Yo doy balones y me devuelven sandías.”

La tercera carabela

Todo viaje llega a su última etapa. Y así Cristóbal Ortega, finalmente, dejó de sentirse a gusto en las aguas del fútbol nacional.

“Comencé a perder el gusto por jugar, por ir al entrenamiento, por acudir a las concentraciones. Al final, dejé de disfrutar la pretemporada, los partidos, y todos esos detalles que implica ser jugador profesional. Me costaba ir a entrenar, los horarios, los viajes. En 1992, terminó la temporada y ya no regresé al club como deportista”.

No obstante, si bien se pueden colgar los botines, es más difícil dejar el balón. Después de un tiempo, Ortega concluyó el curso de entrenador en el Centro de Capacitación. Más adelante, lo nombraron Coordinador del Área Técnica y Administrativa del Centro de Formación del club al que le entregó sus mejores años. Posteriormente, fue director de la Escuela de Fútbol, integrante de la Comisión de Reclutamiento y Formación de Selecciones Nacionales Infantil y Juvenil y entrenador del equipo de Tercera División y de la escuadra de fútbol rápido.

Después, Carlos Reinoso, con quien había hecho excelente mancuerna en el campo a lo largo de varios torneos, lo lleva como Auxiliar Técnico al primer equipo.
“Y ahí me empezó a gustar estar a orillas de la cancha”, afirma.

Y si el equipo del América es una escuela, Reinoso, por supuesto, es el Maestro. Con él, Ortega reforzó los fundamentos y la estrategia del buen juego. Como su auxiliar, lo ha acompañado en diversas aventuras en los clubes de León, Tecos, San Luis y –no podía faltar– el América. Los resultados no siempre han sido los esperados, ¿pero qué más se le puede pedir a la filosofía y al intento de hacer bien las cosas?

Por su cuenta, en solitario, como le gustaba estar en el centro del campo al jugar de medio de contención, ha dirigido a diversos equipos como Zacatepec, Tlaxcala, Orizaba, Coatzacoalcos y La Piedad, conjunto al que logró llevar a la Primera División. En el máximo circuito de nuestro balompié entrenó al Veracruz.

Su paso en la dirección técnica de equipos que luchan por acceder a los beneficios económicos y deportivos que representa jugar en la Primera División, le ha permitido tener un concepto claro de la importancia de esta modalidad de competencia y no coincide con la desaparición del ascenso y descenso durante los próximos torneos.

“Se me hace algo muy lamentable, para preparar a los jugadores tienes las fuerzas básicas. Con estas decisiones se pierde una gran área de trabajo, porque muchos jugadores jóvenes que no pueden debutar en los equipos grandes por la falta de espacio, se pueden ir fogueando en los clubes de ascenso con jugadores ya más veteranos. Ahí los ayudan a crecer. Hará falta ese equilibrio que había en la Liga de Ascenso, entre juventud y experiencia, porque es lo que permitía ayudar a crecer a nuestro fútbol.”

El último viaje

Cuatro viajes hizo Cristóbal Colón a América. Cristóbal Ortega lleva tres. Primero como jugador, después en labores de oficina y finalmente como auxiliar técnico. Todavía queda un último viaje. Pero no nos anticipemos a los hechos.

Porque si bien “se sufre a un costado de la cancha”, aunque “cuando diriges no puedes hacer nada” y “no se puede sacar el nerviosismo con el movimiento como cuando eras jugador”, Cristóbal no puede estar huérfano de partidos, no debe estar alejado de un balón. Ya habrá tiempo para otra invención de América.

Edición: Emilio Gómez