Los ojos de la bestia

El amor que merece otro nombre

Manuel Alejandro Escoffié
Foto tomada de la web
La Jornada Maya

Viernes 28 de julio, 2017

Hay muchos de ellos. Suelo encontrármelos con frecuencia. Reconocerlos no cuesta mucho. Basta con advertir la forma en que ostentan su tarjeta “Club Cinépolis” como un certificado papal. Basta con que comiencen a planear un fin de semana en su casa para competir en las cada vez más populares quinielas del Oscar y se refieran orgullosamente a la entrega de tal premio como “el Super Bowl del cine”. Son aquellos que coleccionan cada ejemplar de Cine Premiere, pero no han oído hablar de Cahiers Du Cinema. Quienes adoran Medianoche en Paris (Midnight in Paris, 2011) pero nunca vieron La Rosa Purpura del Cairo (The Purple Rose of Cairo, 1986) o Amor y Muerte: La Última Noche de Boris Gushenko (Love & Death, 1975). Quienes le rezan a Quentin Tarantino sin la más mínima idea de quién es Sam Peckinpah, Samuel Fuller o Sergio Leone. Son los que en el siglo XXI se hacen llamar “cinéfilos”.

Pese a la impresión que seguramente acabo de dar, el término “cinefilia” no posee ni tiene por qué poseer en si mismo connotaciones de índole negativa. Al contrario. ¿De qué otra manera podría entenderse, básicamente, que como “el amor por el cine”? Hombre, si hasta su etimología de raíz latina delata esta naturaleza (kine, alusivo a “cinética” o “movimiento”; y phylos, correspondiente desde luego con “amor” o “afecto”). Y no dudo que muchos de quienes coinciden (o que al menos se sientan aludidos) en las características anteriormente descritas estén convencidos de tener ese amor en su corazón. Sin embargo, uno no tiene que ser Cesar Lozano para saber que el amor se demuestra con acciones en vez de palabras. Y es justamente en este sentido que tal vez sea sanamente necesario echar un segundo y más crítico vistazo a la coherencia de estas emociones.

La estudiosa cinematográfica Annette Michelson afirma que la cinefilia no existe de manera específica como tal; sino que más bien hay que pensar en ella de diferentes formas. Con lo anterior en mente, quiero aprovechar la oportunidad para compartir con quienes leen la cinefilia que siento que puedo darme el lujo de tomar en serio. Una no con su razón de ser en gustos selectivos ni en su mero disfrute, sino en la conciencia de lo terriblemente frágil que el cine es y en el peligro de darlo por sentado. La misma que condujo a pioneros como Georges Franju y Henry Langlois a la creación de la Cinémathèque Française (Cinemateca Francesa). Sin las comodidades que hoy tanto presumimos en plataformas de streaming, descargas, Blu Rays, DVD´s, e incluso cassettes de VHS y Betamax, veían en cada negativo sobreviviente a la inflamabilidad, al extravío, a las Guerras Mundiales, o bien al deterioro físico, la materialización de un milagro. El milagro de algo tan único y escaso que, contra los pronósticos, seguiría en el mundo cuando ellos se hubiesen ido. Los fundadores de esta Cinemateca, o más bien, de este refugio, de este santuario, amaban el cine no solamente porque les entretenía; sino porque sabían que en cualquier momento podían perderlo.

Por supuesto que no sugiero seriamente que todos deberían sentirse obligados a invertir su capital en la creación de esta clase de espacios para demostrar cuanto aman al cine (aunque tampoco estaría mal). Pero mentiría si no admitiese que hay momentos en los que deseo con fuerza que el Holocausto nuclear llegue mañana mismo para ver con mis propios ojos quienes de lo que profesaban su “amor” estarán listos para arriesgar sus vidas intentando rescatar entre los escombros radioactivos a la última pieza existente de Tarantino, Woody Allen o quien ustedes prefieran. Poniendo a prueba este amor comprobaremos de qué está hecho. Hasta entonces, propongo una moratoria a la “cinefilia” dentro de su estado actual y popular como concepto en uso. Un concepto que ya ningún favor o falta le hace a nadie.

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