La lectura y el aprendizaje

Superación del individuo y la sociedad

Óscar Muñoz
Foto: Lilia Balam
La Jornada Maya

Miércoles 11 de octubre, 2017

Al parecer hay una íntima relación entre el aprendizaje y la lectura, una relación inevitable. En el aprendizaje enfrentamos al “otro”, el que está enfrente de nosotros de modo tangible: le vemos, le escuchamos, miramos sus gestos, adivinamos su pensamiento a través de sus muecas, detectamos los subrayados en sus tonos de voz, le comprendemos en su oralidad, y también le aprobamos o refutamos sus dichos, sus ideas, sus enseñanzas. En cambio, en la lectura, la relación con “el otro”, el que tenemos en papel, ya no es tan evidente; es virtual: ya no le vemos, le imaginamos; no le escuchamos, le leemos; no le comprendemos por sus dichos, le entendemos por sus escritos, e igualmente podemos ratificar o rectificar sus palabras, sus ideas escritas, sus enseñanzas delineadas. La diferencia está entre la oralidad y la presencia física de uno y la escritura y la apariencia virtual del otro.

A pesar de las diferencias entre aprendizaje y lectura marcadas arriba, las cuales están basadas en el enfoque de los medios (oral y escrito), lo esencial está en lo que el aprendiz y el lector asimilan de “el otro”. Otras características diferenciales están determinadas por la proximidad de “el otro”, en el caso del aprendizaje, y por la lejanía de “aquel otro”, en cuanto a lo que concierne a la lectura; asimismo, otras desigualdades están definidas por la concentración permanente que nos exige el aprendizaje y la atención flexible que nos permite la lectura. Y aun con todo ello, aprendizaje y lectura están hermanadas por su relación ineludible; ambos procesos permiten el encuentro entre uno y “el otro”, y favorecen el crecimiento humano, personal y social. Aprendizaje y lectura nos hacen mejores personas, en lo individual y lo colectivo.

Sin embargo, para enfrentar a “el otro”, tanto en el aprendizaje como en la lectura, exigen de nuestra parte una apertura voluntaria. Si acaso alguien no tuviera el deseo de encarar a “el otro” en el aprendizaje no habría consecuencia alguna, sólo no habría aprendizaje alguno. Para ello, es necesario el interés por aprender. En cuanto a la lectura, sucede lo mismo: si no hay las ganas de leer, no habrá enfrentamiento con “el otro” y, mucho menos habrá comprensión lectora. Es difícil que alguien simule aprender o leer; sería notorio para cualquiera darse cuenta de que no ocurre ninguno de estos procesos, sea cual fuere. En cambio, cuando hay autenticidad en alguno de dichos actos, es predominantemente notorio; a ninguno sería posible ocultarlo ni en su desarrollo ni en sus resultados.

Por lo anterior, es posible afirmar que el aprendizaje y la lectura implican, por una parte, una confrontación con “el otro” y, por otra un resultado beneficioso al ser humano. De ahí la importancia de subrayar la necesidad de establecer la lectura como proceso fundamental en el sistema educativo, algo que desgraciadamente ha quedado en discurso político, y a veces ni eso. Parece que a nadie le importa contar con un método de aprendizaje de la lectura sensato y eficaz. Cada docente enseña a sus alumnos de diferente manera; a veces, tal como él mismo aprendió; otras, como ve que hacen sus compañeros, y otras tantas, como Dios se lo da a entender. Y el lío no está en el magisterio, como algunos han insistido, sino en quienes toman decisiones dentro del sistema educativo. Es un problema que el país ha arrastrado desde hace muchos años, sin que nadie repare en ello, sin que nadie tenga la voluntad de establecer una política administrativa que permita enderezar el problema.

Para toda sociedad es imprescindible el crecimiento humano de sus integrantes. Las personas deben y tienen que aprender de los demás a través de otros que se encargan de enseñar. Y también todos los individuos estamos obligados a leer a los otros por necesidad educativa o cultural, según sea el caso de niños o adultos. Para leer no hay edad ni situación social definidas, y para aprender, tampoco. Por otro lado, puede afirmarse que se lee para aprender, aunque no siempre sea así, y que una forma de aprendizaje es a través de la lectura, sin que ésta sea la única manera de aprender. En conclusión, aprender y leer no dejan de ser procesos que permiten al individuo tanto su superación como la de la sociedad a la que pertenece.

Mérida, Yucatán
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