Capitalizar la miseria

¿Cómo se mide la felicidad?

Giovana Jaspersen
Foto: Fabrizio León Diez
La Jornada Maya

Viernes 12 de enero, 2018

¿Tengo un pensamiento original en mi cabeza? ¿Tengo un pensamiento original en mi cabeza? ¿En mi cabeza calva? Quizá si fuera más feliz no se me caería el pelo. La vida es corta. Necesito aprovecharla al máximo. Hoy es el primer día del resto de mi vida. Soy un cliché ambulante. Necesito ir al doctor a que me vea la pierna. Tengo un bulto. Volvió a llamar el dentista. Necesito ir. Si no pospusiera todo, sería más feliz (…). Entre otra enorme cantidad de ideas, esto pasaba en la cabeza del protagonista de Adaptation (2002), como una radiografía en pantalla de la mente de todos nosotros, con sus respectivas y personales variantes, especialmente a inicio de año.

Y es que en esta época parece que las voces interiores tuvieran megáfonos y se volvieran el martilleo constante que esperamos forje el rumbo del inicio que el calendario civil nos regala. Así, nos metemos en ese hormiguero de lugares comunes que nos da material para decirnos, castigarnos y corregirnos, o no; analizando más que en cualquier otra época la posibilidad de “ser feliz”. Pero ¿Cómo se mide la felicidad? ¿Qué tiene que ver la felicidad del otro con la propia? ¿Cuándo y cómo descubrimos aquello que nos hace felices? ¿Es en realidad en efecto sostenido?

Pues bien, no por casualidad, justo en estas fechas se publican las estadísticas mundiales de la felicidad y en este inicio de 2018 la encuesta Gallup International nos dijo que México es el 4to sitio a nivel mundial en lo que a felicidad se refiere. La pesquisa, que lleva el nombre de su inventor George Gallup nos representa con un muestreo de 53,796 personas alrededor del mundo, teniendo cada país una muestra “representativa” de 1000 mujeres y hombres, bien sea de manera presencial, telefónica o por medio electrónico. Hoy, por los resultados, sabemos que somos más felices que hace un año, pues pasamos de un 76 por ciento de felicidad en 2016, a un 84 por ciento en 2017. Sin embargo, también somos más pesimistas según muestran los datos estadísticos, más pobres e inseguros, pero más felices.

Esto podría ser muy contradictorio y el análisis podría hacerse desde la perspectiva económica o filosófica; preguntándonos de dónde viene la felicidad y si las corrientes desarrollistas marcaron la percepción relacional entre felicidad y riqueza o si se conciben como independientes. Sin embargo, hay un punto determinante que es imposible de explicitar en estadística y que mucho tiene que ver con nosotros: en México la felicidad es una construcción cultural.

Somos ese país en el que se llama bendiciones a los embarazos no deseados; tanto como a las enfermedades terminales y las malformaciones genéticas. Porque nos enseñan como bendecir la desdicha y encontrar lo bueno de las cargas y las cruces, la admiración por el sacrificio y la supervivencia ha marcado generaciones “felices”. Esas, educadas por el cine mexicano en su época de oro, con sus mártires y su sufrir. El mismo país que históricamente ha repetido que estamos “jodidos pero felices” y que entre un dicho y otro sonríe mientras cree en la lotería y la virgen, hace íconos de quinceañeras de pueblo y ejerce la denuncia política por “memes” y no por iniciativas ciudadanas.

Cuando cruzamos la encuesta de Gallup con el simil en temática realizado por Consulta Mitofsky es visible otra particularidad, que es también alarmante. Casi el 50 por ciento de los mexicanos responde que “cuando les va bien” lo atribuyen a sí mismos; mientras que “cuando les va mal”, en torno al 67 por ciento carga la situación a algún orden del gobierno. Es decir, creemos somos responsables de nuestra dicha, pero no de nuestra desdicha. Lo cual podríamos también analizar como un constructo en el que casi por costumbre se culpa al otro; y qué mejor si ese otro es inasible y amorfo como el Estado, y en suma, nos da tanto material. Entonces, somos ese país que es más feliz incluso cuando más sufre pero que es incapaz de responsabilizarse por ello.

Hace apenas unos días Guillermo del Toro asombró al mundo diciendo que nadie es más consciente de la muerte que México, y al escucharlo los extranjeros pensaron en fiesta de color y defunción con calaveras de azúcar; mientras que nosotros recordábamos a los 43, a las víctimas de Acteal, a la cantidad obscena de mujeres muertas y a la inseguridad que cada vez se normaliza más. Un país contrastante, en blanco y negro, luminoso y luctuoso, en el que las bolsas plásticas son ataúdes siniestros cada vez más comunes.

Y entonces ¿de qué va este año? Probablemente lo mejor que podríamos desear es lograr capitalizar la miseria y comprender que el 2018 es crucial, y no un año más. Es periodo de redireccionamiento y construcción, pero también de responsabilidad, en el que es imposible culpar por la desaventura sin comprender la incidencia que tenemos todos en el bienestar común. La felicidad es un brote, temporal, que muchas veces vemos más en la distancia que cuando estamos ahí. Es indispensable y adictiva, pero se va, mucho más rápido que el dolor y la desgracia, no es sostenida. Está en los sorbos, los bocados, los paisajes y las reacciones; es un diminuto estallido y es urgente dejar de confundirla con el bienestar; ése es sostenido y no se sustenta en un solo punto, es comunitario y no personal. Capitalizar la miseria desde la consciencia es tarea de todos, y no es cuantificable, pero sí urgente, hay que comenzar.


Mérida, Yucatán
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