¿Hacia un estado sin plásticos efímeros?

¿Y los fabricantes y los comercios que participan de este negocio?

Rafael Robles de Benito
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

Miércoles 11 de julio, 2018

Cada vez se habla más acerca de la necesidad de regular, reducir o hasta suprimir el uso de plásticos desechables. Se dice fácil, y en principio parecería que nadie en su sano juicio se opondría a la puesta en marcha de un proceso tendiente a la desaparición de los residuos de plásticos, que hoy se han convertido en uno de los problemas más agudos de deterioro ambiental. Pero si pensamos un poco en el asunto, veremos que no es en absoluto trivial.

El caso de los popotes es emblemático: en muchos restaurantes resulta automático que, al servir alguna bebida, se acompaña de un popote, frecuentemente envuelto en plástico. Si se le sugiere a los meseros que no ofrezcan popotes, su respuesta suele ser que se trata de una “política de la empresa”. Y creo que se puede afirmar que muchos clientes, si no se les ofrecieran popotes, los pedirían.

Lo mismo va para las bolsas de plástico en los supermercados. ¿Accederán, sin recurrir a amparos, a suspender el uso de bolsas de plástico, que son además un recurso publicitario? Y suponiendo que dejen de utilizarlas, ¿dejarán también de usar “charolitas” de unicel para empacar perecederos, cubriéndolos además con varias capas de plástico?, ¿dejarán de ofrecer rollos de bolsas de plástico para que los compradores empaquen frutas y verduras?

Por otra parte, los plásticos efímeros no reciclables no aparecen por arte de magia: forman parte de una gran cadena de producción, distribución y suministro. Sacarlos del mercado tendrá que resultar en una modificación económica con hondas repercusiones, que atraviesan por la transformación de un sector de industria, o su desaparición, la pérdida de empleos y la redefinición de flujos de dinero.

¿Qué pasa si un estado decide legislar de manera que se prohíba el uso de plásticos desechables? Los fabricantes y los comercios que participan de este negocio ¿cerrarán sin mayores discusiones?, ¿migrarán a estados más permisivos?, ¿transformarán sus negocios?, ¿podrán enfrentar los costos que esto implicará?

Todas estas dudas y preocupaciones, más otras que seguramente se les ocurrirán a quienes están interesados en el tema, no son suficientes para debilitar la convicción de que los plásticos –que por otra parte han sido un invento formidable– no deben ser utilizados para producir artículos efímeros, que se convierten en basura tras un uso brevísimo.

Si sabemos producir materiales que, como el unicel, pueden durar hasta un milenio en la naturaleza, deberíamos tener la inteligencia suficiente como para utilizarlos en la producción de artículos duraderos, y aún en este caso haríamos bien en preguntarnos si vale la pena encarar los impactos que genera su fabricación en el entorno.

Todo parece indicar que la apuesta por reducir o eliminar el uso de plásticos desechables es firme, aún frente a las dudas e inquietudes que ofrezco en estos párrafos. Empresas transnacionales de la magnitud de Starbucks, por ejemplo, dicen estar comprometidas con la eliminación del uso de popotes. Otros actores ya utilizan popotes degradables, hechos con materiales vegetales. Ojalá se sumen más agencias y empresas a estos esfuerzos, y ojalá se profundice en las implicaciones sociales y económicas que tendrá el crecimiento de esta corriente, de modo que puedan ofrecerse alternativas que resulten en incentivos para transitar hacia un estado sin plásticos.

Aunque el tema de los popotes parece alentador, lo cierto es que el uso de plásticos efímeros va mucho más allá del empleo de estos artículos, y el reto de abatirlo se presenta como formidable.

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