Efectos secundarios de la tortura y la verdura

Ocupaciones impropias

Jhonny Brea
Foto: Archivo La Jornada Maya
La Jornada Maya

Lunes 23 de julio, 2018

Pues bien, ya pasaron 15 días que La Xtabay cumplió su promesa: implantó un régimen totalitario en la cocina y el refrigerador y me hizo inscribirme a un gimnasio. Y aclaro que “en solidaridad” se inscribió conmigo, aunque luego supe que por recomendarme le regalaron una camiseta o una botella para agua que supongo sobraron de la campaña o el proveedor compró de más y las mantuvo guardadas hasta que llegara el pago del partido.

“Vas a ver que esto es divertido y que te va a hacer mucho bien. Ya te quiero ver con el cuerpo de un joven de 20 años”, intentó motivarme, por más que insistí en que ya pasé la peligrosa edad en la que se supone que uno cambia hasta de gustos y llega a consumir Api-aba traído de Tixkokob, aunque la zona productora ya es amplísima.

Para colmo, armó una conspiración en casa. El Kizín salta sobre mí cada que me ve y me dice “¡álzame, papá!”, mientras que La Cutusa me pellizca la Firestone y me larga un “¿vas a comerte esas galletas o voy a tener un papá con cuadritos?”. Como podrán imaginar, el aplomo de macho omega grasa en pecho, espalda peluda, nalga cóncava, abdomen de lavadora y bebedor de cerveza light, resulta herido con esos dardos.

Debo admitir que alguna vez fui atleta, nada más que llevo 20 años en el retiro y si acaso aspiraba a salir a caminar. Detesto correr y las articulaciones ya están pensando más en los medicamentos a base de glucosamina, condroitina y cartílago de tiburón que en levantar algún peso. Pero cuando en casa están todos contra uno, se hace lo que se debe con tal de mantener la paz, así sea sacar los tenis del clóset, agarrar las playeras viejas y conseguir alguna bermuda de algodón en los Portales, porque la Estrategia de Defensa Integral de la Quincena no está para gastar en zapatos y ropa deportiva de marca.

Hoy hay muchas diferencias. La principal está en que hay equidad de género entre quienes asisten a un gimnasio. A principios de la década de los noventa, uno agradecía cuando ingresaba una mujer biológica. Ahora los representantes de uno y otro sexo y todo el abanico de la diversidad coinciden en estos establecimientos.

Al momento de la asesoría tuve un incidente con el instructor. Andábamos haciendo un repaso por las máquinas a utilizar cuando me preguntó dónde estaba mi celular y yo contesté que lo dejé guardado en los lóckers. “¿Cómo va a ver las pantallas entonces?”, preguntó, y aquí es donde me sentí bicho raro. Resulta que hay una app para que uno se conecte y guste la tele mientras usa la bicicleta estacionaria o la caminadora. Lo siento: prefiero no tener pendientes.

Pero lo grave ocurrió cuando a iniciativa de La Xtabay me registré a una clase de circuito de 30 minutos que imparte su amiga La musculoesquelética, que después me vine a enterar que se pasó tres meses detrás de mi adorada para que nos inscribiéramos.

“Vamos, Jhonny, siente cómo trabajan esos músculos”, gritaba La musculoesquelética mientras el grupo hacía un minuto de desplantes alternados sobre unos cajones, apenas el tercer ejercicio y mi sudor ya dejaba rastro en el piso. “¡Siente tus músculos!”, repitió cuando iniciaba mi tiempo en la máquina de pectorales. Fue entonces cuando mi cerebro reaccionó y preguntó… “¡¿Cuáles músculos?!”, y terminando el tiempo las piernas se me hicieron gelatina y caí al piso.

No perdí el conocimiento, pero estuve hiperventilando un buen rato. En eso supe que los circuitos no son para mí. Salí como pude del gimnasio y me compré una Coca-cola en la primera tienda que encontré. La bebí lento. Puede ser la última de mi vida. La Xtabay ya me dijo que tengo que regresar y arreglar mi condición. No vaya a ser que me muera por carecer de ella. Mientras, hay ensalada para comer.

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