'Huicholes: Los últimos guardianes del peyote' o las preguntas necesarias

De principio a film

Rodrigo González
Foto: Cuartoscuro
La Jornada Maya

Jueves 9 de agosto, 2018

Al cine, en ocasiones -especialmente al cine documental- suele asumírsele como el responsable de una tarea que a veces se extiende a los ámbitos de la política social, la antropología o la sociología y que consiste en ofrecer respuestas. Se piensa que el cine, por su naturaleza debe darnos las soluciones una vez que logra retratar un tema en particular. Sin embargo, otros creemos que la función real del cine está más anclada en el terreno de plantear las preguntas adecuadas. Afortunadamente, también lo cree Hernán Vilches, director del documental Huicholes: los últimos guardianes del peyote.

En esta cinta de 2014, Vilches nos ofrece un trabajo estructurado a partir de la cercanía que logró con una familia de huicholes que tienen a bien explicar su cosmogonía, la visión particular que tienen del universo, de su posición en él y de su responsabilidad para con la defensa de lo que para ellos es su tierra sagrada, Wirikuta.

A lo largo de poco más de dos horas que no tienen desperdicio, compartimos con esta familia los días que pasan en la peregrinación que realizan desde la región Wixarika en Jalisco hasta San Luis Potosí y, desde ese acercamiento tenemos un lugar privilegiado para conocer de primera mano la importancia de cada rito, cada creencia, cada tradición que este grupo indígena ha conservado y defendido por mas de dos mil años.

Al mismo tiempo y abrazados por el formato, conocemos algo que resulta de mayor importancia: el peligro que enfrenta esta lugar a causa de la sobreexplotación minera y las concesiones otorgadas por el gobierno mexicano a empresas canadienses.

Resulta muy acertada la manera en que el documental mantiene ambas líneas narrativas. Por un lado logra concentrar, desde el punto de vista personalísimo de los actores huicholes, toda la información referente al lugar que ellos ocupan en el universo y, como a lo largo de generaciones han logrado mantener un cierto equilibrio entre ellos y lo que históricamente ha sido una constante invasión a sus territorios. Por otro lado, a través de charlas con especialistas, defensores de los derechos de los indígenas, activistas y consultores en minería se nos ofrece un panorama que no ofrece soluciones, pero que logra poner las cartas sobre la mesa ante un problema urgente.

Esta capacidad de mezclar en un trabajo audiovisual ambas visiones nos permiten entender porqué este ha sido un conflicto donde los pueblos originarios, en este caso el pueblo Huichol, lleva siempre las de perder.

Para el mexicano siempre han sido motivo de gran orgullo sus raíces indígenas, es cierto, pero solo de los indígenas muertos. Estamos orgullosos de Cuauhtémoc, de Moctezuma, de Jacinto Canek. Montamos rotondas y monumentos en su honor y celebramos el heroísmo de sus vidas, pero fallamos terriblemente al reconocer a todos los demás, los vivos, los que día a día tienen que vivir con el déficit de respeto e igualdad que esta sociedad mestiza ha impuesto sobre ellos.

Y es urgente preguntarnos, en el arranque de una nueva etapa en este país, qué vamos a hacer como nación, qué vamos a exigirle a nuestro nuevo gobierno en términos no solo de la defensa de los pueblos indígenas, si de su inclusión, respeto y restauración de los daños infligidos hacia ellos durante cientos de años.

En el marco de la celebración del día internacional de los pueblos indígenas valdría la pena sumarnos a la fiesta y a la reflexión y terminar de una vez por todas con ese mantra mexicano que durante siglos ha rezado “que viva el indio muerto, que muera el indio vivo.”

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