Juchitecos

Mares

Texto y foto: Giovana Jaspersen
La Jornada Maya

Viernes 10 de agosto, 2018

Siempre he tenido renuencia -miedo- a que quien admiro se torne verdad en carne, y ver personas fuera del mundo que de su talento construyó. Suelo preferir la tranquilidad, casi mística, de la distancia que imagina detrás de las letras, los trazos y obra; pues un golpe de humanidad puede ser aniquilante y derrumbar.

En excepción a esta práctica, la primera vez que entré en contacto con El Maestro fue a razón de tener una pieza suya en las salas del Palacio Cantón en el marco de la exposición Máscaras mexicanas simbolismos velados. Gracias a la complicidad, y como un acto de congruencia que honrara su trabajo -más que su sabido talento-, una imagen de su pieza inundó K´iintsil en este periódico, y entonces, él habló, también en maya.

En un paquete, que pensé sería sólo un monólogo, envié el periódico, papelería de la exposición y del museo, y acompañé todo con un escrito institucional que celebraba, mucho más que su pieza, su resistencia y labor para el uso de las lenguas originarias y la cultura como una herramienta de cambio, invitándolo al museo. A vuelta de correo, vino el bestiario oaxaqueño con sus voces impresas y una hoja en la que el 8 del 8 del 2016, de puño, y en letra extendida y libre, escribió: “Estimada amiga, gracias por la invitación, le mando ejemplares de lo que hacemos en una de nuestras lenguas. Me gustaría visitarlos y hacer proyectos en común. Con amistad F. Toledo”.

Entonces vi en sus trazos todas las razones, transformador por contacto. Leer, me hizo volver a la pluma y le escribí entonces desde la humildad de saberlo enorme y cercano, persona.

Entre su singularidad supe, que la generosidad en él, es carne, y con los pasos sólo lo he confirmado. Por ejemplo, cuando al estar escribiendo para este espacio semanal, respondiera una duda simple planteada a través de un tercero, con una larga plática telefónica que iba de la política a la educación, pasando por la injusticia y la desesperanza, tanto como por los vientos y el tiempo, la belleza y los cantos.

Así como cuando, por su interés y el empeño del equipo que comparte su carisma como motor, y que su hija Sara representa mostrando que la juventud no está peleada con la inteligencia y el compromiso, el icónico Palacio Cantón se hizo libro de dibujos y habló, también, en maya.

Pero lo reiteré de forma avasallante recientemente, cuando en medio de un proceso de curaduría complicado, al preguntar si en su obra había abordado la pirámide mexicana. A los días, me enviaron imágenes de cuatro obras, diciendo que no tenía nada pero que había hecho esas para el proyecto. Sólo es posible dimensionar esto desde dos puntos; uno, desde los requisitos casi inalcanzables y barreras que suele implicar el préstamo de una obra en otros escenarios; dos, desde la grandeza de que quien está en la portada de Forbes, y en nuestra mente, como el artista vivo más importante de México, se detenga y cree, desde la empatía y el desinterés.

Eso fue pretexto y razón para visitarlo dos años después de estar en comunicación y descubrirlo. Al estar en camino, sólo rondaba en mi mente, como grabación repetida, la frase de Miller en relación a su obra “su audacia brota de la certidumbre”.

Y lo vi, certero. Tiene en el rostro la certidumbre del París de su juventud, el Juchitán de su infancia y la colonia Guerrero de su adolescencia. Tanto como la de su Oaxaca de hoy, que se desborda en México, y en la que siembra y cosecha; cuando puede hacer que un preso pinte o un niño lea en zapoteco las fábulas de Esopo. La que da ser tan Doctor como analfabeto matemático, un contador de historias que contiene bibliotecas y explica a un niño el por qué hay que andar las páginas de un libro, como se lo explicara a él Octavio Paz, y seguramente, muchos más antes.

Lleva la certidumbre del color de su piel y el timbre de su voz, pausada, y todo lo que con ella puede levantar, de cómo sus palabras son cantos y razones, por las que hay que detenerse en las historias de Yucatán, Veracruz, el abuelo y la ofrenda de Manatí. Un hombre que honra, respeta y admira. Un pulpo juchiteco y Kafkiano, al que le falla el oído probablemente por el eco de cómo le retiembla el espíritu.

Tiene la certeza del valor del dinero y por eso recibe un peso a manera de pago por el IAGO con sus acervos y paga sus impuestos con “cuadernos de mierda” que ríen del sistema y comen tamales para impedir que se vendan hamburguesas. Ríe también él, desde el humor que sólo da saber de qué va, el haber andado y creado. El divertirse siendo y haciendo.

Toledo huele a todas las cosas de Oaxaca, y en sus palabras va el aroma del maíz de sus luchas. Tiene la certidumbre también de los sapos y las culebras, del cerro, el agua y el camino. Se le trata de brujo, chaman, indígena y activista; pero probablemente su mayor singularidad habita en la congruencia con su origen y el ejercicio de su destino.

En él, la certidumbre va tan lejos, que nos lleva hasta su significado ya en desuso en estos días, el de la obligación de cumplir algo, el Maestro, cumple con él. Sus luchas son las de los desaparecidos y los estudiantes que lleva a volar, con la certeza de tener en su paleta todos los colores del cielo de Oaxaca. La de los callados y las lenguas. Cumple a diario dando voz a los árboles y al cerro que no puede quejarse.

Después de verlo botar sus obras al suelo por ser objetos de uso que muestra, germinan y fluyen, solo pensaba lo mismo “su audacia brota de la certidumbre” de saberse y extrañarse del mundo. Toledo, es lección, un mar juchiteco.

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