Septiembre de huracán

A 30 años de "Gilberto"

Texto y foto: Fabrizio León
La Jornada Maya

Viernes 14 de septiembre, 2018

Hace 30 años, en medio de la fiesta por el cuarto aniversario de La Jornada, salí a prisa hacia el aeropuerto militar de Santa Lucía para abordar un enorme avión cargado de víveres y soldados que se dirigió en auxilio de los habitantes de Cancún afectados por la entrada del huracán Gilberto.

Era la noche de un 15 de septiembre de 1988 cuando los primeros reportes en la radio de onda corta se restablecieron, luego de las largas horas en que el meteoro impactó con la costa y las islas de Quintana Roo, y se supo de la fuerte estela de destrucción a su paso, por lo que el gobierno implementó el Plan de Emergencias DNIII y algunos periodistas pudimos abordar ese primer vuelo.

Minutos antes del despegue me enteré que Iliana Rosalía, la única mujer de la dinastía, había quedado atrapada en la zona.

Al llegar por la madrugada del día 16, apenas pudimos aterrizar en una pista encharcada y en malas condiciones. Una patrulla nos condujo a las playas de Cancún, y con el amanecer aparecieron en el camino lanchas atravesadas en lo alto de los postes y barcos incrustados en los edificios de los hoteles.

Añicos por todas partes y una enorme piedra caliza de color oro, en lugar de las blancas arenas, supongo, porque era la primera vez que visitaba la Riviera Maya y tenía como obligación enviar de regreso la información al periódico y encontrar a Iliana.

Del silencio brotaron los llantos. Para empezar a salir del asombro y buscar heridos, desde el vehículo anfibio el capitán daba las instrucciones por radio. En un rápido diagnóstico solicitaba los servicios de ambulancias y señalaba las ubicaciones exactas de la urgencia. A su lado un ingeniero calculaba la cantidad de maderas, postes, plásticos, cocinas, cemento, arena y personal que tendría que utilizarse inmediatamente. “Todo está quebrado”, reportaba.

De lo lejos, las voces pedían ayuda a gritos. Los cristales clavados en las suelas de los zapatos sonaban. Las marquesinas anunciaban nombres cortados y sus cables conectaban a la nada. Lo que fueron lobbys, bares y recepciones, flotaba en albercas chuecas y las cortinas de las ventanas ondeaban como banderas en los pocos árboles de pie y sobre las sillas rotas, en medio de lo que fueron jardines. La sed era tremenda y el agua era poca.

Durante la búsqueda y reporteada, al husmear por las habitaciones del hotel, localicé en el rincón de una suite las zapatillas y un vestido de noche, en una maleta abierta; en el baño, un par de copas para martinis, quebradas, y la blanca cama revuelta tapaba lo que fue el closet.

La pareja hospedada ahí parecía que iba a cenar una noche antes, cuando el cielo se tornó encapotado, las señales de luz hicieron corto circuito y sólo pudieron guarecerse en el sótano, junto a los meseros, mucamas y botones que los atendieron desde su llegada.

Esa cueva, como refugio, sólo le permitió a ella oír los silbidos del aire, sentir el impacto de los rayos. El estruendo de Gilberto “fue más allá” de una alteración, me confesó horas después. La tormenta quedó como impronta, como un suaje.

Todo estaba destruido: astillas de barcos, palmeras dobladas y los postes de luz como mástiles en medio de lanchas volteadas que navegaron por los aires. Ni una sola señal de Iliana, y ni cómo mandarle un mensaje.

Durante las siguientes mañanas, el puerto colapsado retomó los colores propios del Caribe, revelando el impacto. Pasaban las horas y el calor era proporcional a las marañas de yerbas. La humedad lastimaba. En las esquinas por doquier imaginaba encontrar vestigios de su paso. Todo estaba al revés, bloqueado y sin orden.

Inundado de angustia, no había a quién preguntar por ella, hasta que el agua se evaporó y pude llegar al aeropuerto, horas después. Con una enorme mirada de ojos de venado, la señorita apareció y el llamado para abordar su vuelo me cortó el aliento. Aquel abrazo tuvo aroma de sobrevivencia.

La selva fue podada hasta las raíces, y éstas, a la fecha, todavía aparecen como fantasmas por el paisaje de toda la península de Yucatán.

Las cosas pasan en septiembre. Viene octubre y la luna es más hermosa, dice la canción. No se olvida.

Mérida, Yucatán
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