Una historia de piropos

Ocupaciones impropias

Jhonny Brea
Foto: Efe
La Jornada Maya

Viernes 14 de septiembre, 2018

No sé ustedes, yo ya ando contando cuánto falta para que paguen el aguinaldo para los que tienen la fortuna de tener trabajo. Digo, si algo nos está dejando el año es que el Plan Integral de Defensa de la Quincena luce como gobierno que ya se va; golpeado por todos lados.

Andaba imaginando alguna solución para aguantar este trimestre que viene, incluso haciendo cálculos sobre la devaluación de mi cuerpo, en caso de querer venderlo (obviamente por kilo, si no, no resulta), por los pinchazos que ya me di en las manos por andar zurciendo calcetines, una que otra camisa y pegando botones… ya saben, las labores propias de mi sexo; bueno, en eso andaba cuando La Xtabay me sacó de mis pensamientos.

Resulta que mi cara mitad –carísima; hace unos días me salió con un “acuérdate de mí cuando vayas a La Europea” que me hizo comenzar a imaginar si así se sintió Jesús cuando Dimas le pidió que se acordara de él en el Reino– al fin le entró a las redes sociales y anda poniéndose al día; el caso es que encontró que una de sus amistades compartió que en Francia están imponiendo multas a los hombres que silben o lancen piropos a las mujeres en la vía pública y me andaba preguntando si eso era cierto.

“Pues el portal de origen es uno muy serio, y seguramente pronto veremos alguna iniciativa semejante aquí”, alcancé a responderle, y sólo vi que en su rostro comenzó a dibujarse la preocupación.

“¡Qué horror! ¡Imagínate qué sería ahora de La Musulmana y cuánto habría tenido que pagar en terapia!”, fue todo lo que me dijo, antes de salirse del feis y avisarme que iba a convocar a sus amigas para irse a tomar café.

Permítanme contarles que La Musulmana es una de las amigas más entrañables de La Xtabay. El sobrenombre, contra todo lo que se pueda adelantar, no le viene porque sea seguidora de las enseñanzas de Mahoma, sino por lo mucho que le favorecía emplear burkas como vestimenta cotidiana en sus años de estudiante en el Instituto Tecnológico de Mérida. De cariño, sus amigas la llamaban Susi, no porque se llamara Susana, sino porque es “muy mona”, como la del parque del Centenario. No lo sabemos de cierto, pero varios de sus amigos estamos seguros de que alguna vez consiguió boletos preferentes para un concierto de Tiziano Ferro, y con eso le proporcionó al cantante los elementos suficientes para unas declaraciones muy desafortunadas.

El caso es que, según me cuenta La Xtabay, a finales del siglo pasado, entre las estudiantes de administración del ITM era práctica común darle un levantón a la autoestima haciendo un paseíllo (sí, como en plaza de toros) frente a los salones de ingeniería mecánica o electrónica, carreras cuya matrícula en aquel entonces era 99 por ciento masculina, así que al ver a una mujer al otro lado de las ventanas producía que el ambiente de las aulas pasara a ser semejante al de una jaula de gorilas; con mucho grito de “¡guapa!, ¡preciosa!, ¿cuál es tu salón!”, golpes al pecho, uno que otro colgado de los barrotes, en fin, testosterona en ebullición súbita, en un ambiente de privación de presencia femenina.

Resulta que después de unas cuantas sesiones de terapia de grupo (porque siempre solían ir por lo menos tres), un día La Musulmana hizo el recorrido sola y a paso lento, sin volver la vista ante el griterío, hasta que de repente giró la cabeza muy despacio y fijó la mirada en un chico que se había mantenido quieto y en silencio, gesto que notó todo el salón. “¡Ya ligaste!”, le soltaron todos al susodicho.

Ocho recorridos y tres semanas después, La Musulmana y El Tatanka ya eran avistados juntos en la cafetería. Al mes, él se asomaba por los salones de administración. Dos meses después, por fin abordaron juntos el camión al centro, y a los tres meses ya eran novios. Apenas él se tituló, puso un taller y ella asesoraba la contabilidad, se casaron un año después que ella terminó la carrera. Hoy tienen cinco hijos, el taller varios contratos de mantenimiento con empresas más o menos grandes, y ocho empleados. Ella sigue viendo que viernes y sábados no entre ni una cerveza al establecimiento. Y todo por pasar frente a las jaulas.

Mérida, Yucatán
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