'Roma', o el cine desde el privilegio

De principio a film

Rodrigo González
Foto: Netflix
La Jornada Maya

Viernes 14 de diciembre, 2018

Ver cine es ver la vida. Ver la vida a través del cine es un ejercicio que nos hermana. La forma de arte más joven, más noble, más carismática y la única que puede combinar a todas las demás artes en una sola pieza intangible y eterna, es también capaz de conectarnos con grupos de desconocidos, con lugares ignotos, con tiempos remotos o actuales, o con experiencias que hayamos compartido con los demás o no. Esa es la magia del cine: su irreductible capacidad para derribar las fronteras personales, sanar estigmas, solucionar misterios y revitalizar diálogos urgentes.

Lo que Alfonso Cuarón hizo con Roma es entregarnos una obra apabullantemente bella, personalísima y casi perfecta, tanto, que resulta casi imposible no dejarnos seducir y rendirnos ante semejante logro. Cada segundo de película lleva una carga emocional única. Cada fotograma está ahí porque cumple un propósito para con el espectador. Cuarón no espera. Nos sumerge a su historia sin pedirnos permiso. Una secuencia inicial que se conecta con el drama familiar ajeno y a la vez propio -gracias a un arco poético-visual digno de los grandes maestros- pone el tono. Avión por fuga. Avión por añoranza. Avión por agua que lava la mierda. Avión por el tiempo perdido y avión por lo que se nos viene después.

Cuarón es un director que ya no tiene que probarle nada a nadie y perdió, probablemente saliendo de la prisión Azkaban, el miedo a decir cosas. Establece las reglas desde el primer segundo y después de anunciarnos de qué va esta avalancha de emociones en blanco y negro, utiliza cada escena para sorprendernos. Se sienta a sus anchas y hace lo que le place. Gira la cámara en su propio eje para contarnos que la vida es un ciclo interminable que siempre avanza hacia adelante, hacia arriba, hacia adentro, pero siempre en círculo.

Todas las mujeres en un solo rostro

Por la cámara desfilan personajes que no sabemos si amar o detestar profundamente, pero esto es así porque la presencia de Cleo (Yalitza Aparicio, siendo todas las mujeres de México con un solo rostro) nos grita desde el silencio del afane, desde la servidumbre que raya en la esclavitud y de la chinga diaria, que esta historia va más allá del engaño filial, de la horrenda pretensión familiar, de la crudeza de la inmovilidad social imperante desde entonces, de la infidelidad de un marido torpe o del horror de una país sumergido en el autoritarismo y, nos pide a gritos (susurrados en mixteco, por supuesto) que nos fijemos en lo que de verdad importa.

Pero lo que de verdad importa no llega así nomás, hay que buscarlo, hay que explotar las paredes de cartón piedra que protegen a esta familia clasemediera para dejar de identificarnos y de sentirnos cómodos en su privilegio que es el nuestro, para entonces poder llegar a la esencia de la historia, a ese código genético que tenemos todos y en el cual yace nuestro clasismo más vergonzoso, el más recalcitrante, el más dañino, ese desde el cual Cuarón quiso hacer arte pero que se convirtió en autorretrato.

Porque lo que se presenta ante nosotros como recuerdo, como memoria colectiva, como vehículo de comunicación, como ventanas a ese pasado que sigue dolorosamente presente, como eslabón perdido que une a todos los que habitamos este país, termina siendo una suerte de cataclismo del yo. Y entonces la película, justo cuando nos une en otro arco visual maravilloso los charcos de Iztapalapa con los charcos de la colonia Roma, se convierte tristemente en un discurso fracturado, un hiato cacofónico y visual sobre la infancia de Cuarón, sobre la familia de Cuarón, sobre la nana de Cuarón, sobre los recuerdos de Cuarón, sobre la casa de Cuarón, sobre las vacaciones en fuga del clan de Cuarón, sobre el Cuarón de Cuarón.

Y es lamentable porque Cleo merece mucho más que un viaje a la playa para terminar encontrando la felicidad haciendo licuados y trayendo gansitos de la cocina. Fermín, el Profesor Zovek, los porros entrenados en artes marciales, la doctora Vélez de la clínica del IMSS, Adela, todos aquellos de quienes que nunca se habla, tienen una historia mucho más poderosa que contar que ser solamente el decorado en una etapa catártica de una familia insulsa, desabrida, descolorida, o hacer de plataforma de lanzamiento de una portentosa gira de promoción durante la temporada de premios.

La más bella, la mejor hecha

Bien por Cuarón que ha logrado su mejor película, la más bella, la mejor hecha. Bien porque arroja luz donde hace falta. Bien porque Roma nos puso en evidencia y nos obliga a vernos desde nuestro más normalizado clasismo. Pero sobre todo, y por encima de la película misma, bien por Yalitza Aparicio y por Nancy García García, que ahora son ellas los rostros que ya no veremos de forma indiferente, porque son desde siempre los rostros de quienes ya no podremos hablar sin hablar de los millones y millones que durante siglos han sido invisibles e ignorados ante el rotundo fracaso de nuestro privilegio.

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