'La libertad del diablo' o el rostro de la esperanza

De principio a film

Rodrigo González
Foto: Facebook @lalibertaddeldiablo
La Jornada Maya

Viernes 11 de enero, 2019

Abordar un tema tan complejo como la tragedia que vive este país producto de la violencia ocasionada por el crimen organizado y su combate institucional siempre resulta riesgoso. Por un lado se puede caer casi sin darse cuenta en la complaciente versión que se ha repetido a todas horas y en todos los sitios la cual establece un eje único del problema que va y viene únicamente entre gobierno y crimen organizado y por otro, se puede llegar fácilmente a la desinformación desbordada en teorías locuaces y efectistas que nada aportan ni resuelven.

Everardo González, sin embargo, logra a través de La libertad del diablo (2017) una de las reflexiones más serias e impactantes de las que se tenga memoria en este tema y esto no es gratuito. Desde sus primeros trabajos como en La canción del pulque o en Los ladrones viejos, Everardo mostró ya un ojo punzante, crítico, dotado de la capacidad de ver por encima del tema y con una enorme capacidad y agudeza para realizar las preguntas (visuales) correctas.

Era evidente que ante un tema de semejante calado se necesitaba un acercamiento distinto. Everardo entonces decide cubrir los rostros de víctimas y victimarios, de marinos, de soldados, de sicarios, de policías, de madres de familia, de huérfanos con una máscara de tela color piel que crea un doble efecto: al volver similares los rostros nos aleja de la parafernalia del drama gratuito y al mismo tiempo nos sumerge en el dolor personal. En este doble juego nos hace ver y prestar atención a los dos lados de una moneda que vuelve transparente. Deja a sus sujetos hablar de situaciones particulares y nos permite establecer conexiones emocionales entre víctimas y victimarios y, al mismo tiempo nos da la oportunidad de contemplar en esta narración de memorias cómo esta violencia sistemática se alimenta de la impunidad, la corrupción y la desigualdad y al mismo tiempo nos deja ver cómo crece bajo la sombra de la indiferencia.

Todos tenemos un muerto cercano producto de esta guerra, y esta circunstancia se reproduce en el documental de manera silenciosa a medida que avanza la narración. Víctimas y victimarios bailan un vals mortal donde el gobierno, la prevalecencia del estatus quo y las organizaciones criminales tocan la música que bailamos todos. Por eso resulta demoledor escuchar el testimonio de un joven sicario, escucharlo hablar de su primera ejecución y no poder entender los motivos que nos da para optar por una carrera criminal. Por eso resulta demoledor escuchar a un par de hermanas preguntarse si aún tienen miedo o si eso también les fue robado. Por eso resulta demoledor la manera que Everardo elige cerrar el documental, porque nos desnuda, nos enfrenta, nos iguala y en eso radica el gran valor del trabajo que vemos: en la posibilidad de demoler lo que se ha normalizado, esa indiferencia que se nutre de los números interminables de muertos, de desaparecidos, de desplazados, de mutilados que crecen día a día y pareciera que es el único dato que atañe a los noticieros.

La libertad del diablo apela a la memoria inmediata y a la cicatriz abierta, pero sobre todo apela a la compasión por las víctimas y a la compasión por los victimarios. Nos hermana en la causalidad de la tragedia del otro que se vuelve propia porque es cercana y usa el mismo idioma de desasosiego y sinrazón. Desde ahí nos habla y nos habla tan claramente que es imposible que sus imágenes y sus silencios no sigan en nuestra cabeza muchos días después.

Con esta película Everardo González le pone un rostro único a la tragedia pero también a la esperanza, un rostro que es el mío, el tuyo, el de un país entero.

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